sábado, 31 de julio de 2010

DE NUEVO AL RUEDO


Hoy descubrí que después de todo, a Tana no le pasan cosas tan malas (especial atención a mi referencia en tercera persona), ella ha decidido de un momento a otro, encenderse de amor y compartir con ustedes también las silvestres cosas que le pasan a cualquiera y que son las únicas en las que ella cree, una noche de rumba y amigos, de tragos y de baile, d conversación con extraños y de profunda alegría, espero que se note la emoción que ella sentía wiiiiii!!!!!

El mágico y catártico momento en que todos levantaron sus cuerpos y sacudieron sus pies al ritmo de los timbales y las trompetas. Una eclosión de sudor, alegría, desparpajo. El éxtasis Caribe del sentimiento de tener a dios en el cuerpo. Sin disimulo los bailarines decían que era un verano en Nueva York, sabiendo que pudo ser en cualquier lugar, era un verano global, porque es el mismo son, un solo leguaje, una sola tierra sostenía a los bailarines que cargaban en sus pies, el peso de años de historias, tejidos al ritmo de guarachas, guaguancós y sones.

Sus sonrisas sin timidez, el amigo que está en cada mesa, el whisky, la cerveza que va y viene de mano en mano y de boca en boca, el ritual del encuentro de tres hombres, tres mujeres o de tres parejas, no alrededor de una botella sino alrededor del mismo encuentro, de la gloria infinita de ser libres en un mundo paralelo, hacen rodar en el ambiente ese perfume imperceptible de mística y divinidad.

La inesperada sensación de la teletransportación, el viaje silencioso de tu cuerpo hacia donde pertenece, Madre África te llama. Sus tambores se escuchan sordos y secos, llevando el control y el compás del ritmo en cualquier canción y después de tu humanidad. Enviados de la madre, músicos invisibles, transmisores del sentir, se sientan al lado de cada asistente, le hablan al oído y le cuentan historias de hace siglos, algunas son tristes, pero todas los hacen reír, todas los hacen bailar. Los bailarines obedecen, unos rápido, otros sensuales, unos solos, otros en pareja…

En medio de ese control delicado, de esa atadura de terciopelo, donde cada bailarín se mueve como quiere, está en dios elegido de cada noche, el dios música; porque está el otro, sentado en el trono de roble, en una esquina, en la actitud del centinela que está dispuesto a dejar cruzar a todos. Recostado, casi inmóvil, observa con mirada de ciego, a ese pedazo, yo no sé si de paraíso o de infierno, porque debe haber algo de pecado en tanta felicidad. Él, a cuya diestra solo están unos cuantos, el vigilante del ritmo, el bailarín exquisito, el dueño que aquel universo estrafalario, que abrió las puertas a que mortales se regocijaran en su gracia.

La magia de esa noche era intimidante, preferiría decir indescriptible, pero creo que sentí la el temor y la disimulada complacencia de todo pesimista, sentir que el mundo todavía puede sorprenderte gratamente. Que hay territorios inescrutados, vírgenes de la violencia y profundamente románticos. Hombres caballeros y damas sin debilidades, cuya decisión fue detener el tiempo y dejar correr por su cuerpo sin reparos, la casi indecente energía que produce el moverte con voces de desconocidos y ser siempre joven. De sentirse bello y vivo, vistiendo a tu gusto, diciendo lo que quieres, una noche a la vez, no más que eso.

Salir de allí, no fue romper con el encanto, sino entrar en el y en el juego de parecerse a ellos, quienes en ese lugar no parecen humanos, no pelean, no se maltratan, son iguales… Caer en la duda, de sí es solo la música, porque debe ser algo más!! No hay látigos, no hay órdenes, el centinela sonríe y los hombres y mujeres bailan. No hay más, un misterio, una incógnita, un sentimiento, que se mueve entre lo humano y lo divino, lo de aquí, lo de allá y lo del más allá.