Conozco quienes disfrutan del buen vino y los buenos quesos. Yo disfruto de la buena literatura y el buen cine. Me encanta la tranquilidad del hacer nada, de estar tirada en mi cama mirando lejos, descansando y pensando en las cosas de la vida. Odio hacer deporte y no sé tocar ningún instrumento. Bailo, porque es genético, leo porque me ayuda a vivir. Una vida simple, en la que he transitado desde que nací, porque, mis preocupaciones y las de mi familia, nunca fueron más allá de poder llegar a fin de mes, que comiéramos hasta que quedáramos llenos, nos educáramos y fuésemos personas solidarias.
Trabajar era ley, estudiar un gran esfuerzo y comer era satisfacerse. Más allá de eso no había nada. La felicidad no la encontrábamos en vacaciones costosas (porque nunca tuvimos ni siquiera unas no costosas) sino en la emoción infantil que se nos generaba cuando mis papá nos decía que comeríamos pollo frito en el centro. Había ahorrado por varias semanas para pagar eso que hoy me parece nada, pero que en ese entonces era todo un sacrificio. Eramos felices teniendo a mi papá en casa los lunes, su único día de descanso, viéndolo arreglar el abanico que siempre estaba dañado, la cama que siempre estaba chueca, la puerta que siempre necesitaba aceite.
Yo era feliz tomando su mano mientras el me llevaba a hacer filas al banco o a la notaría, y luego entrabamos a la iglesia y el rezaba un poquito. Yo era feliz esperándolo cuando llegaba tarde , para recibir el dulce de café o de ajonjolí que siempre me traía. Eramos felices comiendo las cocadas de la abuela y viendo béisbol con el abuelo.
Yo era feliz. La felicidad, esa palabra tan esquiva y de significado tan arbitrario. Tan simple y truculenta al mismo tiempo.
Hoy me encuentro inserta en un entramado de nuevas costumbres que creo comprender pero que sigo mirando de lejos y con curiosidad. La clase media y su concepto de felicidad es algo nuevo para mí.
De repente veo de cerca que hay más vino que el Termidor, pero encuentro que todos me saben igual. De repente me ofrecen 80 tipos diferentes de queso, pero no me gusta ninguno. De repente todos hablan de la lejana Europa, como si ésta quedara en Berazategui, pero yo solo sé que París y su encanto fueron la inspiración y el hogar de mis amados García Márquez y Cortázar. Todos esperan con ansias el feriado largo para buscar cualquier destino, porque hay que salir de la rutina, porque la vida es aburrida, porque siempre hay que hacer algo nuevo.
Estudian, trabajan, van a cursos, talleres, hacen deporte, compiten, porque.. porque pueden.
A pesar de ésto su vida parece estar vacía y llena de dudas o carencias, entonces el psicólogo se convierte en esa zona franca donde desahogan sus penas e inconformismos: padres a los que es difícil complacer, relaciones sentimentales que no los llenan, altos estándares que cumplir, muchas cosas que hacer y poco tiempo, trabajos que no los realizan como persona y toda una gran lista de penas modernas que no los dejan ser felices.
Como quien se mira desde arriba, me veo. Allí, en medio de burgueses satisfechos, que no tienen la culpa de serlo, que solo tuvieron buena suerte. No la suerte de que el dinero les crezca en el patio de su casa, sino la suerte de tener opciones. Suerte ésta que es la que los pone nerviosos, la que los mantiene inconformes, porque los mantiene con la duda de que siempre pudieron escoger algo mejor.
Algunos dicen renunciar a su "vida fácil " porque es más emocionante y autentico andar en bus de servicio publico que en auto y tener la experiencia de vivir como "pueblo", pero nunca los verás en un hospital público o manteniéndose con un sueldo de repositor para poder entender lo que es realmente vivir como pueblo, que es básicamente dedicarse a sobrevivir .
Los veo quejarse de todo y por todo, como si no se dieran cuenta lo buenas que en realidad son sus vidas y termino pensando que no sé si tenerles envidia o lástima. Creo que siento un poco de ambas.
Creo que soy una resentida social. No, estoy segura.