Mi abuelita se llama Clara Yoly de Díaz,
nació en 1936, no recuerda muy bien qué pasó con Gaitán en el 48, dice
groserías, porque como dice mi mamá, ya a esa edad uno pierde la vergüenza y
tiene un dicharacherío más extenso que el consignado en las greguerías de Gómez
de la Serna.
Su casa, la casa de todos, es un
caserón de 5 cuartos, que finaliza con un patio enorme que en mi infancia tenía
arboles de mamón, roble, bonga, limón, bonche, además de sábila y un montón de
plantas aromáticas y medicinales. En las tardes, mi abuela se sentaba en una
silla de tablas viejas debajo del palo de limón, a rallar el coco o a hacer
bolas de tamarindo con azúcar, o simplemente, en sus palabras a “coger fresco
pa’ vendé salao”. Me cargaba entonces en sus piernas y me besaba en el cachete,
recuerdo su sonrisa siempre sin dientes, casi infantil cuando me tarareaba una canción
a la que nunca le puso letra, pero que parecía ser una cumbia.
Mi abuela era bruja, y lo sigue
siendo, cuando llovía invocaba a los santos, nos obligaba a rezar el rosario y
la oración de la virgen del Carmen para alejar la tempestad, tapaba los espejos
para que no entraran los malos espíritus, recorría la casa con un ramo
bendecido en domingo santo, que pasaba por el fuego y luego lo sacudía en cada
esquina diciendo “ que salga el mal y que entre el bien como entró Cristo a
Jerusalén” y me regañaba si me movía cuando tronaba y relampagueba, había que
respetar, decía ella “porque esa es la ira de dios”. Tenía un poder de percepción inigualable, me
decía “Tama deja de correr en el patio que te vas a caer y vas a llorar”, y eso
justo era lo que pasaba. Me caía, lloraba y ella para consolarme acudía a mí
con la cosa más dulce que encontrara en su cocina, que podía ser un platanito o
un pedazo de panela.
Mi abuelito nació en 1927, ya no
coordina bien las ideas, a veces no me reconoce, y tengo que ayudarlo a firmar
su nombre. Cada vez que le guio la mano con el lapicero sobre el papel le
recuerdo que él fue quién me enseñó a leer y a escribir, el mejor regalo que me
han dado jamás. Cuando era niña, veíamos la novela del medio día, boxeo,
baseball, futbol y el reinado, yo sentada en sus piernas siempre flacas y él
explicándome con paciencia que era un cuarto bate o foul ball, y juguetón me
tapaba los ojos cuando en la novela los protagonistas “chupaban piña”. Mi
abuelo viajó durante 30 años en el Buque Gloria, de eso le quedó una pensión,
fotos y un millón de historias que hoy me entristece no recordar. Vivió en el
mar, pero no lo ama y no nos inculcó amor hacia él. Nunca los ví bailar, pero
en casa el 11 de noviembre no faltaba el popular pie pelúo sonando. Nunca ha faltado el arroz de coco , el jugo hecho
con las guayabas robadas al vecino, la lámpara de gas, las flores de bonche, la
Virgen del Carmen y un comentario recurrente sobre el clima ”uff carajo, éste mundo se va a acabá es el
bolas e’ candela”.
Así era, a los 12 años cuando leí Cien Años de Soledad,
me di cuenta que había vivido todo éste tiempo en Macondo, que el corredor de
las Begonias estaba frente a la cocina abrazadora de mi abuela, dónde se
cocinaban el coco y la panela para hacer las cocadas y ella reía a carcajadas
mientras le ponía apodos a la gente.
***
Ella se mueve menudita con su
camisón de flores, en 22 años solo la he visto comer un par de veces (es bruja)
y jamás me ha dejado ir de su casa con las manos vacías. Se queja porque el
vecino cachaco no la saluda cuatro veces
al día, (como debe ser), porque no le manda dulce en semana santa, porque se
duerme para no dar el feliz año, por que no deja salir a sus hijos, porque pone
las velitas de día, , su mujer es pálida y sin sabor, porque está maquillada
desde que se levanta, porque habla bajito, no sabe bailar, se expresa como un
“jesuita” (hipócrita) y su tono al hablar es “como de mujé pendeja”, retahíla que podía terminar con un
contundente “cachaco paloma y gato…”
o por el contrario con un “él es cachaco,
pero es buena gente”
Se enteró de un novio cachaco que
tuve y no hizo más que advertirme sobre el peligro que traería: “ufj carajo esos cachacos que no saben ni
bailá”. Nunca lo conoció, y de haberlo hecho, lo hubiese odiado por que era
el cúmulo de toda la retahíla mencionada anteriormente, no sabía bailar, no entendía
mis chistes y mi mamadera de gallo y solo parecía absorto ante la
grandilocuencia con la que yo contaba cualquier hecho cotidiano, con mis
figuras retóricas, mis personajes de fantasía, groserías y onomatopeyas, así
como lo hacía mi abuela en la cocina de la casa. Para él yo era una suerte de
cuentera curiosa. Mientras yo quería salir y moverme él quería “cucharita”,
cosa que no es muy cómoda a casi 40 grados. Y así fue, la temperatura nos dividió.
La casa de la abuela sigue siendo de
todos, sigue teniendo esa magia loca que solo ella puede ponerle, los arboles
los cortó porque atraían a los rayos, el resto, es felizmente igual. Tengo
mucho de ella, tengo la terquedad, tengo el tono alto, tengo el orgullo pero nada de sazón y me pregunto las mismas
cosas sobre los cachacos. He procurado, como la mujer curiosa que soy, hacer el
ejercicio de intentar conocer mis orígenes y reafirmar mi identidad, si bien no
sé hacer arroz con coco, he tratado de saber su por qué, y así dilucidar porque
es tan importante para mi abuela y porque es tan importante para mí. Por qué me
gusta el vallenato, por qué cuando hablo quiero superar la velocidad del sonido,
por qué soy graciosa sino me esfuerzo por serlo, por qué sonrío siempre, o por
qué bailo cualquier cosa y no me importa hacerlo mal.
Ríos de tinta regada sobre el tema
aunque no la suficiente, mirar en
retrospectiva, pensar en mi abuela y entonces asumir y reconocer mi legitimidad
como mujer negra y caribe. ¿Por qué yo tengo eso que mi ex novio o el vecino de mi abuela no tenían?,
no sabría decir qué, no sabría decir dónde agrégaselo o dónde quitárselo. No es
un sombrero vueltiao, una guayabera, no es una parranda o un acento golpeado al
hablar, sin ese aditamento anda la mayoría de nosotros y no dejamos ser costeños
por eso. El “it” que dicen los gringos…No lo sé. Me hace feliz tenerlo, eso sí
lo sé.
Tengo amigos cachacos a los que
quiero mucho, unos saben bailar otros no, solo saludan una vez, (como debe ser)
hablan despacio y bajito, no comen dulce en semana santa y su hablar es
sincero por que ante todo tienen un gran
corazón. También suelen reírse cuando cuento cualquier historia a mi manera, exagerada
y con sonido incluido, pero para ellos no soy una cuentera, soy una amiga. Y para
mí ellos no son un animal ingrato, son mis amigos. Mi abuelita debería conocerlos,
ellos deberían sentarse en una mecedora junto
a ella una tarde de diciembre, en el
patio, bajo la sombra del palo de guayabas a echarle cuentos sobre Bogotá,
mientras ella ralla el coco o despepita el corozo y se prepara para contarles luego, su travesía de la casa a la tienda, todos con
los que habló y todos a los que saludó, así de simple. Aunque aprenda a hacer
cocadas, nunca seré una matrona costeña como mi abuela, solo disfrutaré irremediablemente
la alegría y la suerte de haber nacido en el caribe, eso me toca.
Tamar Galarcio Díaz