jueves, 29 de noviembre de 2012

De cómo aprendí a ser costeña




Mi abuelita se llama Clara Yoly de Díaz, nació en 1936, no recuerda muy bien qué pasó con Gaitán en el 48, dice groserías, porque como dice mi mamá, ya a esa edad uno pierde la vergüenza y tiene un dicharacherío más extenso que el consignado en las greguerías de Gómez de la Serna.
Su casa, la casa de todos, es un caserón de 5 cuartos, que finaliza con un patio enorme que en mi infancia tenía arboles de mamón, roble, bonga, limón, bonche, además de sábila y un montón de plantas aromáticas y medicinales. En las tardes, mi abuela se sentaba en una silla de tablas viejas debajo del palo de limón, a rallar el coco o a hacer bolas de tamarindo con azúcar, o simplemente, en sus palabras a “coger fresco pa’ vendé salao”. Me cargaba entonces en sus piernas y me besaba en el cachete, recuerdo su sonrisa siempre sin dientes, casi infantil cuando me tarareaba una canción a la que nunca le puso letra, pero que parecía ser una cumbia. 
Mi abuela era bruja, y lo sigue siendo, cuando llovía invocaba a los santos, nos obligaba a rezar el rosario y la oración de la virgen del Carmen para alejar la tempestad, tapaba los espejos para que no entraran los malos espíritus, recorría la casa con un ramo bendecido en domingo santo, que pasaba por el fuego y luego lo sacudía en cada esquina diciendo “ que salga el mal y que entre el bien como entró Cristo a Jerusalén” y me regañaba si me movía cuando tronaba y relampagueba, había que respetar, decía ella “porque esa es la ira de dios”.  Tenía un poder de percepción inigualable, me decía “Tama deja de correr en el patio que te vas a caer y vas a llorar”, y eso justo era lo que pasaba. Me caía, lloraba y ella para consolarme acudía a mí con la cosa más dulce que encontrara en su cocina, que podía ser un platanito o un pedazo de panela.
Mi abuelito nació en 1927, ya no coordina bien las ideas, a veces no me reconoce, y tengo que ayudarlo a firmar su nombre. Cada vez que le guio la mano con el lapicero sobre el papel le recuerdo que él fue quién me enseñó a leer y a escribir, el mejor regalo que me han dado jamás. Cuando era niña, veíamos la novela del medio día, boxeo, baseball, futbol y el reinado, yo sentada en sus piernas siempre flacas y él explicándome con paciencia que era un cuarto bate o foul ball, y juguetón me tapaba los ojos cuando en la novela los protagonistas “chupaban piña”. Mi abuelo viajó durante 30 años en el Buque Gloria, de eso le quedó una pensión, fotos y un millón de historias que hoy me entristece no recordar. Vivió en el mar, pero no lo ama y no nos inculcó amor hacia él. Nunca los ví bailar, pero en casa el 11 de noviembre no faltaba el popular pie pelúo sonando. Nunca ha faltado el arroz de coco , el jugo hecho con las guayabas robadas al vecino, la lámpara de gas, las flores de bonche, la Virgen del Carmen y un comentario recurrente sobre el clima ”uff carajo, éste mundo se va a acabá es el bolas e’ candela”.
Así era,  a los 12 años cuando leí Cien Años de Soledad, me di cuenta que había vivido todo éste tiempo en Macondo, que el corredor de las Begonias estaba frente a la cocina abrazadora de mi abuela, dónde se cocinaban el coco y la panela para hacer las cocadas y ella reía a carcajadas mientras le ponía apodos a la gente.
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Ella se mueve menudita con su camisón de flores, en 22 años solo la he visto comer un par de veces (es bruja) y jamás me ha dejado ir de su casa con las manos vacías. Se queja porque el vecino cachaco no la saluda  cuatro veces al día, (como debe ser), porque no le manda dulce en semana santa, porque se duerme para no dar el feliz año, por que no deja salir a sus hijos, porque pone las velitas de día, , su mujer es pálida y sin sabor, porque está maquillada desde que se levanta, porque habla bajito, no sabe bailar, se expresa como un “jesuita” (hipócrita) y su tono al hablar es “como de mujé pendeja”, retahíla que podía terminar con un contundente “cachaco paloma y gato…” o por el contrario con un “él es cachaco, pero es buena gente”
Se enteró de un novio cachaco que tuve y no hizo más que advertirme sobre el peligro que traería: “ufj carajo esos cachacos que no saben ni bailá”. Nunca lo conoció, y de haberlo hecho, lo hubiese odiado por que era el cúmulo de toda la retahíla mencionada anteriormente, no sabía bailar, no entendía mis chistes y mi mamadera de gallo y solo parecía absorto ante la grandilocuencia con la que yo contaba cualquier hecho cotidiano, con mis figuras retóricas, mis personajes de fantasía, groserías y onomatopeyas, así como lo hacía mi abuela en la cocina de la casa. Para él yo era una suerte de cuentera curiosa. Mientras yo quería salir y moverme él quería “cucharita”, cosa que no es muy cómoda a casi 40 grados. Y así fue, la temperatura nos dividió.

La casa de la abuela sigue siendo de todos, sigue teniendo esa magia loca que solo ella puede ponerle, los arboles los cortó porque atraían a los rayos, el resto, es felizmente igual. Tengo mucho de ella, tengo la terquedad, tengo el tono alto, tengo el orgullo  pero nada de sazón y me pregunto las mismas cosas sobre los cachacos. He procurado, como la mujer curiosa que soy, hacer el ejercicio de intentar conocer mis orígenes y reafirmar mi identidad, si bien no sé hacer arroz con coco, he tratado de saber su por qué, y así dilucidar porque es tan importante para mi abuela y porque es tan importante para mí. Por qué me gusta el vallenato, por qué cuando hablo quiero superar la velocidad del sonido, por qué soy graciosa sino me esfuerzo por serlo, por qué sonrío siempre, o por qué bailo cualquier cosa y no me importa hacerlo mal.
Ríos de tinta regada sobre el tema aunque no la suficiente,  mirar en retrospectiva, pensar en mi abuela y entonces asumir y reconocer mi legitimidad como mujer negra y caribe. ¿Por qué yo tengo eso que  mi ex novio o el vecino de mi abuela no tenían?, no sabría decir qué, no sabría decir dónde agrégaselo o dónde quitárselo. No es un sombrero vueltiao, una guayabera, no es una parranda o un acento golpeado al hablar, sin ese aditamento anda la mayoría de nosotros y no dejamos ser costeños por eso. El “it” que dicen los gringos…No lo sé. Me hace feliz tenerlo, eso sí lo sé.
Tengo amigos cachacos a los que quiero mucho, unos saben bailar otros no, solo saludan una vez, (como debe ser) hablan despacio y bajito, no comen dulce en semana santa y su hablar es sincero  por que ante todo tienen un gran corazón. También suelen reírse cuando cuento cualquier historia a mi manera, exagerada y con sonido incluido, pero para ellos no soy una cuentera, soy una amiga. Y para mí ellos no son un animal ingrato, son mis amigos. Mi abuelita debería conocerlos, ellos deberían sentarse en una  mecedora junto a  ella una tarde de diciembre, en el patio, bajo la sombra del palo de guayabas a echarle cuentos sobre Bogotá, mientras ella ralla el coco o despepita el corozo y se prepara para contarles  luego, su travesía de la casa a la tienda, todos con los que habló y todos a los que saludó, así de simple. Aunque aprenda a hacer cocadas, nunca seré una matrona costeña como mi abuela, solo disfrutaré irremediablemente la alegría y la suerte de haber nacido en el caribe, eso me toca.


Tamar Galarcio Díaz

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