Caminaba por Av. De Mayo, era la 1am, sin embargo había
mucha gente en la calle. Y es que Buenos Aires duerme tarde, es más, ni siquiera
estoy segura de si duerme, pero no puedo saberlo, no he podido seguir su ritmo.
Yo llevaba un vestido rosa corto,
veraniego, me negaba a rendirme al otoño
. Iba en busca de una cerveza, tal vez
dos. De un hombre, o tal vez dos.
Caminaba rápido y noté que un
auto me seguía. De reojo noté como una mano me llamaba.
Era él. No había respondido sus
llamadas en dos semanas y con una fuerza de voluntad sacada de yo no sé dónde,
me opuse rotundamente a enviarle algún mensaje.
Dos semanas en las que pensé día y noche en sus besos, en sus manos
masculinas que rodeaban mi cintura y me apretaban hacia él. Viva en mí estaba
la sensación de poder que me daba saber que cada roce mi cuerpo hacía que me
deseara más y más, y su erección en mi muslo me hacía sentir que él era débil y
mío.
No obstante, no era la única y eso
me molestaba. ¿Qué mayor satisfacción para una mujer que el saber que el mayor
momento de placer de su hombre, que es también el mayor momento de debilidad es
causado por ella y solo por ella?. Sin embargo no era mío, lo sabía desde el
inicio y creía que no me importaría, pero sí.
La primera que vez que nos vimos
fue en la fiesta de una amiga. Sin mediar palabra él me quitó la cerveza que
tenía en la mano y simplemente me besó, así no más. No sé de dónde salió, solo
sé que sin una pizca de dulzura me besó, así como besas a alguien de quien
quieres vengarte.
Cómplices de la penumbra, sus
manos bajaban hasta mis nalgas y mi ropa interior; estaba
asustada, vencida y no intenté detenerlo ni un poco. Sus dedos tocaron mi sexo
por primera vez en un salón lleno de personas que miraban sin ver, a ésa mujer
con aspecto adolescente ser manoseada por ese hombre grande, mayor, desconocido…
Susurré un quejido. Entonces él
se detuvo, agarro mi mano, me llevó afuera y fuimos en auto hasta su
apartamento.
En mi cabeza fue como un viaje en
el tiempo, un relámpago que me cegó hasta que llegué a su cama. El auto volaba
sobre la noche de Buenos Aires llevando dentro las ansias contenidas de dos
desconocidos. Empujada hacia el vacío de sus sábanas marrón, cerré los ojos y
dejé sentir en mi cuerpo todo el peso del suyo, sus besos en mi cuello, sus
manos en mis pechos, el rodar de mi falda por mis piernas.
Se acercó a mi oído y por primera
vez escuché su voz: “Hace 4 años que no tengo sexo” me dijo.
Una flamante erección se avistaba
ya desde su pantalón entre abierto. Mi boca se acercaba deseosa hacia ese tótem
solitario que se levantaba sin miedo y me desafiaba. En mi boca se sentía
cálido, suave, casi familiar. Lo besé en
la punta para enseñarle el cariño que él no supo mostrarme al principio y con
una sonrisa amistosa le gritaba cuanto los disfrutaba. Sus ojos sobre los míos sellaban el pacto
secreto en el que nos comprometíamos a hacer felices a nuestros cuerpos.
Una vez más un relámpago hizo que
su boca y su saliva rozaran mis senos diminutos, mis cintura diminuta, mi
clítoris diminuto, el sexo fresco de mi juventud que se le ofrecía a éste
sediento cuerpo que intentaba ganar las batallas no peleadas en cuatro años.
“Te quiero dentro de mí” le dije,
y entonces él escuchó por primera vez mi voz.
La puso dentro de mí, lentamente,
con una suavidad incoherente: la
suavidad de los monstruos. Cada movimiento marcaba la entrada a un mundo de
colores y formas extrañas que podía ver solo con los ojos cerrados. No hubo más
que un placer indescriptible, una explosión confundida en medio de nuestros
gemidos, el tiempo se detuvo un momento, morimos un poco, todo fue blanco por
un instante… luego sonreímos.
Estaba en la Av. De Mayo, era la 1am y
él me sonreía ahora, sonreía por ese mundo del que yo le había abierto las puertas. Estaba yo en la entrada con mi vestido rosa, con mi falda roja, con mi boca complaciente ... Yo sonreía porque esperaba al menos la gratitud de sus orgasmos y extrañaba la delicadeza de sus mordizcos en mis muslos, aunque nunca fuera mío, aunque nunca llamara la día siguiente.
Subí a su auto y nos fuimos, a volar sobre Buenos Aires.