jueves, 7 de abril de 2016

Volemos

Caminaba por Av. De Mayo, era la 1am, sin embargo había mucha gente en la calle. Y es que Buenos Aires duerme tarde, es más, ni siquiera estoy segura de si duerme, pero no puedo saberlo, no he podido seguir su ritmo.

Yo llevaba un vestido rosa corto, veraniego,  me negaba a rendirme al otoño .  Iba en busca de una cerveza, tal vez dos. De un hombre, o tal vez dos.

Caminaba rápido y noté que un auto me seguía. De reojo noté como una mano me llamaba.

Era él. No había respondido sus llamadas en dos semanas y con una fuerza de voluntad sacada de yo no sé dónde, me opuse rotundamente a enviarle algún mensaje.  Dos semanas en las que pensé día y noche en sus besos, en sus manos masculinas que rodeaban mi cintura y me apretaban hacia él. Viva en mí estaba la sensación de poder que me daba saber que cada roce mi cuerpo hacía que me deseara más y más, y su erección en mi muslo me hacía sentir que él era débil y mío.

No obstante, no era la única y eso me molestaba. ¿Qué mayor satisfacción para una mujer que el saber que el mayor momento de placer de su hombre, que es también el mayor momento de debilidad es causado por ella y solo por ella?. Sin embargo no era mío, lo sabía desde el inicio y creía que no me importaría, pero sí.

La primera que vez que nos vimos fue en la fiesta de una amiga. Sin mediar palabra él me quitó la cerveza que tenía en la mano y simplemente me besó, así no más. No sé de dónde salió, solo sé que sin una pizca de dulzura me besó, así como besas a alguien de quien quieres vengarte. 
Cómplices de la penumbra, sus manos bajaban  hasta mis nalgas y mi ropa interior; estaba asustada, vencida y no intenté detenerlo ni un poco. Sus dedos tocaron mi sexo por primera vez en un salón lleno de personas que miraban sin ver, a ésa mujer con aspecto adolescente ser manoseada por ese hombre grande, mayor, desconocido…
Susurré un quejido. Entonces él se detuvo, agarro mi mano, me llevó afuera y fuimos en auto hasta su apartamento.

En mi cabeza fue como un viaje en el tiempo, un relámpago que me cegó hasta que llegué a su cama. El auto volaba sobre la noche de Buenos Aires llevando dentro las ansias contenidas de dos desconocidos. Empujada hacia el vacío de sus sábanas marrón, cerré los ojos y dejé sentir en mi cuerpo todo el peso del suyo, sus besos en mi cuello, sus manos en mis pechos, el rodar de mi falda por mis piernas.   

Se acercó a mi oído y por primera vez escuché su voz: “Hace 4 años que no tengo sexo” me dijo.

Una flamante erección se avistaba ya desde su pantalón entre abierto. Mi boca se acercaba deseosa hacia ese tótem solitario que se levantaba sin miedo y me desafiaba. En mi boca se sentía cálido, suave, casi  familiar. Lo besé en la punta para enseñarle el cariño que él no supo mostrarme al principio y con una sonrisa amistosa le gritaba cuanto los disfrutaba.  Sus ojos sobre los míos sellaban el pacto secreto en el que nos comprometíamos a hacer felices a nuestros cuerpos.

Una vez más un relámpago hizo que su boca y su saliva rozaran mis senos diminutos, mis cintura diminuta, mi clítoris diminuto, el sexo fresco de mi juventud que se le ofrecía a éste sediento cuerpo que intentaba ganar las batallas no peleadas en cuatro años.

“Te quiero dentro de mí” le dije, y entonces él escuchó por primera vez mi voz.  

La puso dentro de mí, lentamente, con una  suavidad incoherente: la suavidad de los monstruos. Cada movimiento marcaba la entrada a un mundo de colores y formas extrañas que podía ver solo con los ojos cerrados. No hubo más que un placer indescriptible, una explosión confundida en medio de nuestros gemidos, el tiempo se detuvo un momento, morimos un poco, todo fue blanco por un instante… luego sonreímos.

Estaba en  la Av. De Mayo, era la 1am y él me sonreía ahora, sonreía por ese mundo del que yo le había abierto las puertas. Estaba yo en la entrada  con mi vestido rosa, con mi falda roja, con mi boca complaciente ... Yo sonreía porque esperaba al menos la gratitud de sus orgasmos y extrañaba la delicadeza de sus mordizcos en mis muslos, aunque nunca fuera mío, aunque nunca llamara la día siguiente.

Subí a su auto y nos fuimos,  a volar sobre Buenos Aires.




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