La mañana
amanecía gris, como de costumbre y por la ventana de su cuarto atravesaba una
brisa impertinente que movía las hojas del libro que había dejado entre abierto
la noche anterior: “me atormenta tu amor que no me sirve de
puente, porque un puente no se sostiene de un solo lado…” Quejas llegaban a su oído desde la ficción, el
protagonista le hablaba y lo miraba
desde la soledad del que ama sin reparos. Alejandro no tenía tiempo para intentar
comprender, así que mejor lo olvidó. Ahora miraba al cielo raso, con cara
dubitativa, como tratando de imaginarse montado en la azotea del edifico más
alto de la ciudad, con los brazos abiertos, como Rocky Balboa o como Rose en Titanic. Sonrió por la idea de parecer mujer.
Decidió
levantarse y tomar el toro por los
cuernos, mil hojas por un lado, ochocientas por el otro, alguien molestando en
el teléfono y una luz que parpadea en el pc. Si, mejor tomar el toro por los
cuernos, repetía mentalmente; o mejor no hacer nada, mejor quedarse mirando
fijamente el cielo raso de la habitación, pensando ésta vez en los puentes sin
final y en las tierras calientes donde una mujer cree que si deja de hablar
muere. Pensar en el universo creado para él, por la ingenuidad manifiesta de
aquella que no puede dejar de creer que él si cogerá el toro por los cuernos.
La imaginaba bella, como solo ella podía serlo, fastidiada por el humo y por la
desagradable sensación de saber que no se movía a motu propio y la llevaban
unos hilos invisibles en la buseta mientras miraba por la ventana.
Seguro
estaba de verla a ella en ese momento danzando en un mar de ritmos
incomprensibles y efervescentes, en el marasmo de su débil cuerpo bajo los tres soles
inclementes de la salida de clases y con el verbo impertinente cosquilleando su
lengua. Si se esforzaba un poco más, incluso podía imaginarla desnuda, feliz,
susurrando una canción lenta a su oído, repitiendo sin parar los versos tristes
que cambiaban de sentido cuando tenía su compañía, el fuego de su cuerpo
delgado acostumbrado a la emoción, mientras en su boca temblaba la pregunta que
le latía en su garganta desde que lo vio llegar ¿te quedarás ésta noche? Pensando
en la respuesta, el celular cesó de repicar, y la luz en el pc dejó de
parpadear. Se sintió aliviado, había cumplido su cuota de humanidad ese día.
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