domingo, 7 de abril de 2013

IMAGINARIO



La mañana amanecía gris, como de costumbre y por la ventana de su cuarto atravesaba una brisa impertinente que movía las hojas del libro que había dejado entre abierto la noche anterior: “me atormenta tu amor que no me sirve de puente, porque un puente no se sostiene de un solo lado…”  Quejas llegaban a su oído desde la ficción, el protagonista le hablaba  y lo miraba desde la soledad del que ama sin reparos. Alejandro no tenía tiempo para intentar comprender, así que mejor lo olvidó. Ahora miraba al cielo raso, con cara dubitativa, como tratando de imaginarse montado en la azotea del edifico más alto de la ciudad, con los brazos abiertos, como Rocky Balboa o como Rose en  Titanic. Sonrió por la idea de parecer mujer.
Decidió levantarse  y tomar el toro por los cuernos, mil hojas por un lado, ochocientas por el otro, alguien molestando en el teléfono y una luz que parpadea en el pc. Si, mejor tomar el toro por los cuernos, repetía mentalmente; o mejor no hacer nada, mejor quedarse mirando fijamente el cielo raso de la habitación, pensando ésta vez en los puentes sin final y en las tierras calientes donde una mujer cree que si deja de hablar muere. Pensar en el universo creado para él, por la ingenuidad manifiesta de aquella que no puede dejar de creer que él si cogerá el toro por los cuernos. La imaginaba bella, como solo ella podía serlo, fastidiada por el humo y por la desagradable sensación de saber que no se movía a motu propio y la llevaban unos hilos invisibles en la buseta mientras miraba por la ventana.
Seguro estaba de verla a ella en ese momento danzando en un mar de ritmos incomprensibles y efervescentes, en el marasmo de  su débil cuerpo bajo los tres soles inclementes de la salida de clases y con el verbo impertinente cosquilleando su lengua. Si se esforzaba un poco más, incluso podía imaginarla desnuda, feliz, susurrando una canción lenta a su oído, repitiendo sin parar los versos tristes que cambiaban de sentido cuando tenía su compañía, el fuego de su cuerpo delgado acostumbrado a la emoción, mientras en su boca temblaba la pregunta que le latía en su garganta desde que lo vio llegar ¿te quedarás ésta noche?  Pensando en la respuesta, el celular cesó de repicar, y la luz en el pc dejó de parpadear. Se sintió aliviado, había cumplido su cuota de humanidad ese  día.



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