Francois era un viajero francés que llegó de Panamá en un barco. Era alto, rubio, delgado, de ojos verdes y acento encantador. Hablaba un español mexicanizado, en el que alternaba un uso gutural de la R propio del francés con un No mames guey de vez en cuando. Me divisó desde el patio del hostal y se acercó a la recepción. Era la primera vez que lo veía en mi vida, había llegado en la mañana después de 5 días en altamar, muy bronceado con una solitaria dred colgando al final de su nuca, un pantalón de pescador hasta las rodillas y unas botas enormes y negras. Me miraba fijamente a los ojos. Me preguntó sobre dónde quedaba un supuesto lugar cerca al Parque Bolívar donde habría una fiesta. No me quitaba la mirada de encima. Me levanté para señalarle en el mapa el lugar y automáticamente pasó su mirada como un scanner sobre mi cuerpo. Luego, una vez más a los ojos, fijo. Me ponía nerviosa. Se acercaba mucho, tanto, que sentía su aliento de cerveza y cigarrillo en mí cara. No hice ninguna señal de molestia, solo sonreía y hablaba, como era habitual, como me tocaba. Habían pasado 2 o 3 minutos, o nada, François con la misma mirada lasciva me invitaba a salir. De manera sería y autoritaria me dijo, “te veré en la Plaza de la Proclamación a las 11.15pm” . Con cara de escepticismo y burla le di un sí entre risas. “Está bien nos vemos” y se fue.
No suele suceder tan rápido, el lapso entre la primera mirada y la invitación a salir en condiciones normales puede durar semanas. Un hombre puede esperar meses para finalmente invitar a salir a una mujer, después de llamadas, mensajes de texto y sesiones intensivas de chat. Es un juego en el que esperas estar lo suficientemente seguro para lanzar el ataque. Eso en condiciones normales, si estarás en una ciudad por dos días, el golpe debe ser directo y certero. Arriesgarás todo de una vez, sin espacio a dudas o indecisiones, la vida es ahora para el viajero.
Para mí, que estoy allí inmóvil, viéndolos pasar, la vida se detiene cada cierto tiempo. Alguien aparece y decides hacer stop y vivir 2, 3 días como ellos, pero no más, no más que eso.
No pensaba ir, obvio (?). François apareció en la recepción 15 minutos antes de las 11pm (hora en que termino mi turno) , cambió de planes, dijo, con la misma mirada fija y voz autoritaria “primero iremos a comer” Yo anonadada y dominada por la curiosidad dije que sí. Fuimos a un restaurante italiano, pidió vino tinto y tomamos una copa mientras venía la lasaña y los raviolis. Me habló del viaje y desde hace cuánto no iba a Francia, de cómo Latino américa es el paraíso, que viajaba solo, que era interesante conocer gente como yo, que yo era linda y todo el discurso que le sucede. No le trajeron raviolis, sino espagueti. Con calma, elegancia y en italiano se lo reprochó al chef. No sé qué le dijo, pero sonrieron al final y él comió espaguetis. Me mostró cómo se debían comer y cómo tomar la copa de vino al estilo francés. Por un momento pudo ser encantador y su actitud ser realmente discordante con su aspecto descuidado.
Terminamos y nos dispusimos a ir a la supuesta fiesta. Sabía que era mentira, que no había ninguna fiesta, que el francés quería sexo, él lo supo desde que me vio, yo desde que me clavó sus ojos en los míos, a falta de no poder clavarlos en un escote. Lo sabíamos cuando estábamos comiendo espaguetis y raviolis, el proceso complejo de interacción humana que llamamos coqueteo y conquista quedó resumido en una cena corta en la que me contaba lo hermoso que era mi pelo y mi piel. No era suficiente, yo soy latina, lejos de ser una falacia argumentativa, es cierto: me gusta ser convencida. Con hombres bravucones y creídos, machos costeños ya he lidiado. No, François, hasta ahora no era suficiente.
Al llegar, como suponía, o había nadie en ese lugar. Nos sentamos entonces en una banca del Parque Bolívar. Sin mediar palabra solo agarró mi cara y me besó. Sí, mi primer beso francés, lento, rico y apasionado. Le pregunté si realmente creía que yo iba a ir a su encuentro cómo lo había planteado al principio y respondió “por qué no, yo solo tengo una palabra, creo que tú también deberías”
Naturalmente no era importante hablar de eso. Nos seguimos besando, mucho, mucho, lento y después muy rápido, en esa banca del Parque Bolívar con el sonido de las fuentes detrás y la irremediable sensación de culpabilidad que generan las miradas indiscretas de la gente. Pero es natural, es Cartagena, la Cartagena de Collazos, la calurosa, la que huele a sexo. Luego, el movimiento atrevido de su mano por mi cuello y mas abajo. Lo detuve.
¿Quieres qué me estemos juntos en una habitación privada esta noche? le dije: no.
¿Y mañana? le dije: no
¿Entonces qué quieres hacer? y yo solo atiné a decir: no sé.
Nos seguimos besando.
La idea de tener sexo con alguien que había conocido hacía solo unas horas perforaba un poco mi esquema ético, si bien me moría de ganas, era un desconocido, un tipo estilo BoBo francés, absolutamente convencido de sí mismo y de su efecto, que no había presionado los botones ni movido las palancas correctas. Había ganado una cena, ya era suficiente: puse dos y dos juntos y me dio cuatro…Dije: me voy. “Entonces un gusto conocerte” dijo él.
No lo volví a ver. La tarde siguiente volví al trabajo y ya había viajado a Santa Marta. Caras nuevas llegaban al hostal, ojos nuevos buscaban donde posarse, no hay tiempo para recordar que pasó ayer.