miércoles, 27 de julio de 2016

Ezequiel



Hacía frío, pero les juro que no era para tanto.  Ezequiel temblaba como  una ramita de limón a punto de caerse, y el calor de mi cuerpo desnudo no parecía subirle la temperatura. Delgadito, blanquísimo, tonto, lindo, así es Ezequiel. Y friolento también. Sus besos son de esos que no quieres que acaben,  de esos que te estremecen, que te hacen querer entrar dentro del otro. 

A Ezequiel es imposible callarlo. Te hace reír, te hace sentir cómoda, te hace querer abrazarlo. Es malo Ezequiel y lo sabe.

En la cama, desnudo, se ve tan débil como yo. Éramos dos hilachas tiradas en la cama intentando hacer el amor. Sus dientes que castañeaban  no nos dejaban. Lo abracé tan fuerte como pude, lo llevé tan cerca de mí que podía sentir su corazón latir. Su erección también.

Atravesé el largo camino desde su boca por su blanco torso hacía abajo para complacerlo. A él le gustó. A mí también.  Queríamos más, pero no podíamos, no era seguro.  Nos culpamos en silencio, nos reímos a carcajadas de nuestra desgracia, de la frustración y las ganas contenidas.  Al menos ya Ezequiel no tenía frío.

La casa de Ezequiel es un quilombo, tal como es su cabeza, tal como es su pelo. Quería invitarme a un café, pero no encontraba el colador, yo quería un mate , pero no tenía yerba, nos tocó tomar té, té común, de ese que uno descarta en el supermercado. A Eze  le gusta Queen, tararea  I want to break free mientras hierbe el agua. En la cocina, de lejos,  vestido y de día, parece un adolescente, se ve inofensivo, manso. No se da cuenta de  que lo observo y sonrío.

Tomé el té después del cual no sabía si iba a volver a ver a Ezequiel, porque nadie sabe que es lo que él quiere, y él mismo tampoco.  Me acompañaba a la puerta cuando notó que no tenía las llaves, que no las encontraba, que no podíamos salir.  No tuvo temor de mirarme a los ojos y decirme que no sabía qué hacer.

Ezequiel no ha sabido  que hacer en tres días. Aquí estoy a su lado, escribiendo esto. Seguimos sin hacer el amor y tomando té común.  Yo creo que las llaves ya las encontró ayer, pero que no me quiere dejar ir,  parece que le gusta eso de tenerme y no tenerme. No me queda más que confiar en Ezequiel y en que en algún momento decidamos que hacer.




lunes, 23 de mayo de 2016

Cuentos de una no-viajera: El beso francés.

Francois  era un viajero francés que llegó de Panamá en un barco. Era alto, rubio, delgado, de ojos verdes y acento encantador. Hablaba un español mexicanizado, en el que alternaba un uso gutural de la R propio del francés con un No mames guey de vez en cuando.  Me divisó desde el patio del hostal y se acercó a la recepción.  Era la primera vez que lo veía en mi vida, había llegado en la mañana después de 5 días en altamar, muy bronceado  con una solitaria dred colgando al final de su nuca, un pantalón de pescador hasta las rodillas y unas botas enormes y negras. Me miraba fijamente a los ojos. Me preguntó sobre dónde quedaba un supuesto lugar cerca al Parque Bolívar  donde habría una fiesta. No me quitaba la mirada de encima. Me levanté para señalarle en el mapa el lugar y automáticamente  pasó su mirada como un scanner  sobre mi cuerpo. Luego, una vez más a los ojos, fijo. Me ponía nerviosa. Se acercaba mucho, tanto, que sentía su aliento de cerveza y cigarrillo en mí cara. No hice ninguna señal de molestia, solo sonreía  y hablaba, como era habitual, como me tocaba. Habían pasado 2 o 3 minutos, o nada, François con la misma mirada lasciva me invitaba a salir. De manera sería y autoritaria me dijo, “te veré en la Plaza de la Proclamación a las 11.15pm” . Con cara de escepticismo y burla le di un sí entre risas. “Está bien nos vemos” y se fue.
No suele suceder tan rápido, el lapso entre la primera mirada y la invitación a salir en condiciones normales puede durar semanas. Un hombre puede esperar meses para finalmente invitar a salir a una mujer, después de llamadas, mensajes de texto y sesiones intensivas de chat. Es un juego en el que esperas estar lo suficientemente seguro para lanzar el ataque. Eso en condiciones normales,  si estarás en una ciudad por dos días, el golpe debe ser directo y certero. Arriesgarás todo de una vez, sin espacio a dudas o indecisiones, la vida es ahora para el viajero.
Para mí, que estoy allí inmóvil, viéndolos pasar, la vida se detiene cada cierto tiempo. Alguien aparece y decides hacer stop y vivir 2, 3 días como ellos, pero no más, no más que eso.
 No pensaba ir, obvio (?).  François apareció en la recepción 15 minutos antes de las 11pm (hora en que termino mi turno) , cambió de planes, dijo, con la misma mirada fija y voz autoritaria “primero iremos a comer” Yo anonadada y dominada por la curiosidad dije que sí. Fuimos a un restaurante italiano, pidió vino tinto y tomamos una copa mientras venía la lasaña y los raviolis. Me habló del viaje y desde hace cuánto no iba a Francia, de cómo Latino américa es el paraíso, que viajaba solo, que era interesante conocer gente como yo, que yo era linda y todo el discurso que le sucede. No le trajeron raviolis, sino espagueti. Con calma, elegancia y en italiano se lo reprochó al chef. No sé qué le dijo, pero sonrieron al final y él comió espaguetis. Me mostró cómo se debían comer y cómo tomar la copa de vino al estilo francés. Por un momento pudo ser  encantador y su actitud ser realmente discordante  con su aspecto descuidado.
Terminamos y nos dispusimos a ir a la supuesta fiesta. Sabía que era mentira, que no había ninguna fiesta, que el francés quería  sexo, él lo supo desde que me vio, yo desde que me clavó sus  ojos en los míos, a falta de no poder clavarlos en un escote. Lo sabíamos cuando estábamos comiendo espaguetis y raviolis,  el  proceso complejo de interacción humana que llamamos coqueteo y conquista quedó resumido en una cena corta en la que me contaba lo hermoso que era mi pelo y mi piel. No era suficiente, yo soy latina, lejos de ser una falacia argumentativa, es cierto: me gusta ser convencida. Con hombres bravucones y creídos, machos costeños ya he lidiado. No, François, hasta ahora no era suficiente.
Al llegar, como suponía, o había nadie en ese lugar. Nos sentamos entonces en una banca del  Parque Bolívar. Sin mediar palabra solo agarró mi cara y me besó. Sí, mi primer beso francés, lento, rico y apasionado. Le pregunté si realmente creía que yo iba a ir a su encuentro cómo lo había planteado al principio y respondió “por qué no, yo solo tengo una palabra, creo que tú también deberías”
Naturalmente no  era importante hablar de eso. Nos seguimos besando, mucho, mucho, lento y después muy rápido, en esa banca del Parque Bolívar con el sonido de las fuentes detrás y la irremediable sensación de culpabilidad que generan las miradas indiscretas de la gente. Pero es natural, es Cartagena, la Cartagena de Collazos, la calurosa, la que huele a sexo. Luego, el movimiento atrevido de su mano por mi cuello y mas abajo. Lo detuve.
¿Quieres qué me estemos juntos en una habitación privada esta noche? le dije:  no.
¿Y mañana? le dije: no
 ¿Entonces qué quieres hacer?  y yo solo atiné a decir: no sé.
Nos seguimos besando.
La idea de tener sexo con alguien que había conocido hacía solo unas  horas perforaba un poco mi esquema ético, si bien me moría de ganas, era un desconocido, un tipo estilo BoBo francés, absolutamente convencido de sí mismo y de su efecto, que no había presionado los botones ni movido las palancas correctas. Había ganado una cena, ya era suficiente: puse dos y dos juntos y me dio cuatro…Dije: me voy. “Entonces un gusto conocerte” dijo él.
No lo volví  a ver. La tarde siguiente volví al trabajo y ya había viajado a Santa Marta. Caras nuevas llegaban al hostal, ojos nuevos buscaban donde posarse, no hay tiempo para recordar que pasó ayer.

jueves, 7 de abril de 2016

Volemos

Caminaba por Av. De Mayo, era la 1am, sin embargo había mucha gente en la calle. Y es que Buenos Aires duerme tarde, es más, ni siquiera estoy segura de si duerme, pero no puedo saberlo, no he podido seguir su ritmo.

Yo llevaba un vestido rosa corto, veraniego,  me negaba a rendirme al otoño .  Iba en busca de una cerveza, tal vez dos. De un hombre, o tal vez dos.

Caminaba rápido y noté que un auto me seguía. De reojo noté como una mano me llamaba.

Era él. No había respondido sus llamadas en dos semanas y con una fuerza de voluntad sacada de yo no sé dónde, me opuse rotundamente a enviarle algún mensaje.  Dos semanas en las que pensé día y noche en sus besos, en sus manos masculinas que rodeaban mi cintura y me apretaban hacia él. Viva en mí estaba la sensación de poder que me daba saber que cada roce mi cuerpo hacía que me deseara más y más, y su erección en mi muslo me hacía sentir que él era débil y mío.

No obstante, no era la única y eso me molestaba. ¿Qué mayor satisfacción para una mujer que el saber que el mayor momento de placer de su hombre, que es también el mayor momento de debilidad es causado por ella y solo por ella?. Sin embargo no era mío, lo sabía desde el inicio y creía que no me importaría, pero sí.

La primera que vez que nos vimos fue en la fiesta de una amiga. Sin mediar palabra él me quitó la cerveza que tenía en la mano y simplemente me besó, así no más. No sé de dónde salió, solo sé que sin una pizca de dulzura me besó, así como besas a alguien de quien quieres vengarte. 
Cómplices de la penumbra, sus manos bajaban  hasta mis nalgas y mi ropa interior; estaba asustada, vencida y no intenté detenerlo ni un poco. Sus dedos tocaron mi sexo por primera vez en un salón lleno de personas que miraban sin ver, a ésa mujer con aspecto adolescente ser manoseada por ese hombre grande, mayor, desconocido…
Susurré un quejido. Entonces él se detuvo, agarro mi mano, me llevó afuera y fuimos en auto hasta su apartamento.

En mi cabeza fue como un viaje en el tiempo, un relámpago que me cegó hasta que llegué a su cama. El auto volaba sobre la noche de Buenos Aires llevando dentro las ansias contenidas de dos desconocidos. Empujada hacia el vacío de sus sábanas marrón, cerré los ojos y dejé sentir en mi cuerpo todo el peso del suyo, sus besos en mi cuello, sus manos en mis pechos, el rodar de mi falda por mis piernas.   

Se acercó a mi oído y por primera vez escuché su voz: “Hace 4 años que no tengo sexo” me dijo.

Una flamante erección se avistaba ya desde su pantalón entre abierto. Mi boca se acercaba deseosa hacia ese tótem solitario que se levantaba sin miedo y me desafiaba. En mi boca se sentía cálido, suave, casi  familiar. Lo besé en la punta para enseñarle el cariño que él no supo mostrarme al principio y con una sonrisa amistosa le gritaba cuanto los disfrutaba.  Sus ojos sobre los míos sellaban el pacto secreto en el que nos comprometíamos a hacer felices a nuestros cuerpos.

Una vez más un relámpago hizo que su boca y su saliva rozaran mis senos diminutos, mis cintura diminuta, mi clítoris diminuto, el sexo fresco de mi juventud que se le ofrecía a éste sediento cuerpo que intentaba ganar las batallas no peleadas en cuatro años.

“Te quiero dentro de mí” le dije, y entonces él escuchó por primera vez mi voz.  

La puso dentro de mí, lentamente, con una  suavidad incoherente: la suavidad de los monstruos. Cada movimiento marcaba la entrada a un mundo de colores y formas extrañas que podía ver solo con los ojos cerrados. No hubo más que un placer indescriptible, una explosión confundida en medio de nuestros gemidos, el tiempo se detuvo un momento, morimos un poco, todo fue blanco por un instante… luego sonreímos.

Estaba en  la Av. De Mayo, era la 1am y él me sonreía ahora, sonreía por ese mundo del que yo le había abierto las puertas. Estaba yo en la entrada  con mi vestido rosa, con mi falda roja, con mi boca complaciente ... Yo sonreía porque esperaba al menos la gratitud de sus orgasmos y extrañaba la delicadeza de sus mordizcos en mis muslos, aunque nunca fuera mío, aunque nunca llamara la día siguiente.

Subí a su auto y nos fuimos,  a volar sobre Buenos Aires.