miércoles, 24 de junio de 2015

Lo que ella piensa de él

Una madrugada después de hacer el amor ella le hizo prometer que no la iba a olvidar. Le preguntó luego que si él creía que ella era una buena chica, él le dijo ríendo  que sí.
Ella le creyó. No había que ser muy inteligente para saber que todo era mentira, que él sabía que la iba a olvidar y que ella ya sabía que no era una buena chica. Durante los meses siguiente se aferró a su recuerdo y a la idea de que él también pensaba en ella. No había que ser muy brillante para saber que él ya no pensaba en ella. Un día ella decidió que ya no quería pensar en él, eliminó toda evidencia física y virtual de su existencia, entonces en un revés  de la naturaleza humana, él le contó que quería seguir en su vida. Ella se arrancó el corazón para decirle que ya no, que ya no se podía.
Lo curioso es que aun después de tanto tiempo, de nuevas vidas y nuevos amores, él aún sigue en su vida. Sobre todo en las mañanas, cuando se despierta y se da cuenta que es un día más en que no hablará con él, no sabrá cómo está ni que siente. Un día más en el que los olvidos se irán sumando hasta llegar a la nada, un día más donde él se levantará sin pensar en ella. A veces llora pensando que ella es como un dibujo que se desvanece en su memoria, que es como un garabato borroso que él ya no recuerda con exactitud, que la recuerda molesta y  llorando y no feliz y sonriendo . Que la recuerda histérica e irracional y no la mujer inteligente y sensata que solía ser.  Llora porque sabe además que ella lo decidió, que ella dijo ya no más. Llora, porque él no le dijo que lo reconsiderara, él solo la dejó.

Él pudo decir algo que la consolara, abrazarla, acariciarle la mejilla o solo mirarla a los ojos, pero no, solo la  ignoró, solo la hizo sentir insignificante, sola, estúpida con su silencio, con su estatismo. 
Ella a veces cierra los ojos y se imagina sus hermosos ojos azules mirándola con la picardía de un niño, así como solían hacerlo antes. En sueños lo imagina a veces huyendo de ella, a veces diciéndole que todavía la ama. Así es él.  Así es ella. 

Ella sabe que ya no lo volverá a ver, sabe que ya no habrá un mar para los dos, ahora se conforma con que la visite en sueños, de vez en cuando y con esa  sensación de  haber estado con él que la acompaña hasta varias horas después. Insiste en recordarlo con amor, pero sus ojos se llenan de lágrimas aún ahora. Lo culpa porque la hizo ver estúpida y débil, porque debió esperar lo peor como siempre y no creer que él haría grandes cosas por ella. Ya ese espíritu que creía en la infranqueabilidad del amor murió. Y ella siente que murió un poquito con el. 

domingo, 10 de mayo de 2015

Una vida simple



Conozco quienes disfrutan del buen vino y los buenos quesos. Yo disfruto de la buena literatura y el buen cine. Me encanta la tranquilidad del hacer nada, de estar tirada en mi cama mirando lejos, descansando y pensando en las cosas de la vida. Odio hacer deporte y no sé tocar ningún instrumento. Bailo, porque es genético, leo porque me ayuda a vivir. Una vida simple, en la que he transitado desde que nací, porque, mis preocupaciones y las de mi familia, nunca fueron más allá de poder llegar a fin de mes, que comiéramos hasta que quedáramos llenos, nos educáramos y fuésemos personas solidarias.
Trabajar era ley, estudiar un gran esfuerzo y comer era satisfacerse. Más allá de eso no había nada. La felicidad no la encontrábamos en vacaciones costosas (porque nunca tuvimos ni siquiera unas no costosas) sino en la emoción infantil que se nos generaba cuando mis papá nos decía que comeríamos pollo frito en el centro. Había ahorrado por varias semanas para pagar eso que hoy me parece nada, pero que en ese entonces era todo un sacrificio. Eramos felices teniendo a mi papá en casa los lunes, su único día de descanso, viéndolo arreglar el abanico que siempre estaba dañado, la cama que siempre estaba chueca, la puerta que siempre necesitaba aceite. 
Yo era feliz tomando su mano mientras el me llevaba a hacer filas al banco o a la notaría, y luego entrabamos a la iglesia y el rezaba un poquito. Yo era feliz esperándolo cuando llegaba tarde , para recibir el dulce de café o de ajonjolí que siempre me traía. Eramos felices comiendo las cocadas de la abuela y viendo béisbol con el abuelo.
Yo era feliz. La felicidad, esa palabra tan esquiva y de significado tan arbitrario. Tan simple y truculenta al mismo tiempo.
Hoy me encuentro inserta en un entramado de nuevas costumbres que creo comprender pero que sigo mirando de lejos y con curiosidad. La clase media y su concepto de felicidad es algo nuevo para mí.
De repente veo de cerca que hay más vino que el Termidor, pero encuentro que todos me saben igual. De repente me ofrecen 80 tipos diferentes de queso, pero no me gusta ninguno. De repente todos hablan de la lejana Europa, como si ésta quedara en Berazategui, pero yo solo sé que París y su encanto fueron la inspiración y el hogar de mis amados García Márquez y Cortázar. Todos esperan con ansias el feriado largo para buscar cualquier destino, porque hay que salir de la rutina, porque la vida es aburrida, porque siempre hay que hacer algo nuevo.
Estudian, trabajan, van a cursos, talleres, hacen deporte, compiten, porque.. porque pueden.
A pesar de ésto su vida  parece estar vacía y llena de dudas o carencias, entonces el psicólogo se convierte en esa zona franca donde desahogan sus penas e inconformismos: padres a los que es difícil complacer, relaciones sentimentales que no los llenan, altos estándares  que cumplir, muchas cosas que hacer y poco tiempo, trabajos que no los realizan como persona y toda una gran lista de penas modernas que no los dejan ser felices.
Como quien se mira desde arriba, me veo. Allí, en medio de burgueses satisfechos, que no tienen la culpa de serlo, que solo tuvieron buena suerte. No la suerte de que el dinero les crezca en el patio de su casa, sino la suerte de tener opciones. Suerte ésta que es la que los pone nerviosos, la que los mantiene inconformes, porque los mantiene con la duda de que siempre pudieron escoger algo mejor.
Algunos dicen renunciar a su "vida fácil " porque es más emocionante y autentico andar en bus de servicio publico  que en auto y tener la experiencia de vivir como "pueblo", pero nunca los verás en un hospital público o manteniéndose con un sueldo de repositor para poder entender lo que es realmente vivir como pueblo, que es básicamente dedicarse a sobrevivir . 
Los veo quejarse de todo y por todo, como si no se dieran cuenta lo buenas que en realidad son sus  vidas y termino pensando que no sé si tenerles envidia o lástima. Creo que siento un poco de ambas.
Creo que soy una resentida social. No, estoy segura. 









lunes, 14 de abril de 2014

Cuentos de una no-viajera: ÉL (Him)


Recuerdo que hace más o menos un año lo conocí. Me generó tanta curiosidad como me generaría otro huésped, Era un huésped más, otro gringo que llegaba a Cartagena, la tierra prometida. Era muy alto y muy joven. Solo un año mayor que yo. Era amable y tranquilo. Hacía calor, mucho calor. Yo le sonreía, era bueno sonreírle. Lo agarraba del brazo, se sentía muy bien. No le dije que no, tampoco le dije que sí. Quería decirle que sí. Un día le dije que sí. Hacía tanto calor, pero no importaba, me hacía muy feliz haberle dicho que sí. Me hacía feliz verlo sonreír, verlo mirarme, peinarlo, esperarlo, la tranquilidad infinita que sentía cuando estaba con él, sentirme bonita, segura, cuidad… lamento no haberle dicho que sí antes, un día antes, una semana antes…  no sabía que iba a atesorar después cada momento que viviera con él, no sabía que lo iba a querer de esa forma superlativa que él prefiere no escuchar y que yo prefiero no nombrar. Que lo iba a extrañar tanto, que iba a querer que me abrazara y me acompañara, que compartiéramos una cerveza, un helado, una uva. No me imaginé que nuestro abrazo de despedida era en realidad el último, y que hubiese sido mejor abrazarlo más fuerte y hacerle entender lo que sentía con un par de palabras al oído. Preferiría que nunca me hubiese visto llorar, que no me viera triste o cansada, que nunca hubiese escuchado mis palabras de dolor, porque era todo lo contrario a lo que sentía cuando estaba con él, porque era feliz con él: Debí sonreírle más, decirle más veces que lo quería, debí besarlo con más pasión, debí hacerle el amor como si fuese mi último hombre… Debí irme consciente de que ya no era mío, de que nunca lo fue, y que ya no lo será. Debí llegar y olvidar su nombre, su cara y sus ojos. Pero no lo hice, al contrario, lo he pensado en cada lugar, lo he recordado cada fin de semana, en la emoción que sentía por esperarlo y en la certeza que tengo hoy de que no llegará. Sin embargo me alegra saber de vez en cuando que está bien, que está feliz, que está con su gente, con su familia y sus amigos, que está cómodo.  A veces pienso que está tan cómodo que no se molesta en recordarme, que ya llegó ese momento que sabía que llegaría en el que nos olvidaríamos definitivamente. Llegó ese momento en el que lo extraño tanto y deseo tanto verlo, que no soporto la idea de verlo y que sus hermosos ojos me miren llenos de nada. No soporto la idea de una vez más todo se resuma en aquella frase que apuñala ... esa sobre los puentes. No soporto el hecho de que no me quede más remedio que seguir pensando que el amor es más fuerte … porque eso me ayuda a vivir. Duele sentirlo distante, que él ya esté convencido de eso que yo no puedo aceptar, duele sentir que no puedo decírselo, que no quiero sentirme como una tonta desnuda ante él. Duele mucho quererlo ahora. Habrá seguro para él una hermosa chica californiana, de esas rubias, de pronunciadas curvas y ojos claros, quiero que ella sea buena, que lo ame y se lo diga, que lo abrace, que aprecie lo invaluable de su sonrisa y su dulzura, que no lo deje, que no lo deje…. Habrá tal vez alguien para mí, ojalá tenga la confianza de tus ojos y su alegría…  

Le he escrito tantas veces, tantas cosas,  y no he podido decirle lo que quiero. … Soles en tus lunas, mi amor.

jueves, 18 de abril de 2013

Cuentos de una no-viajera: I wanna go with you



Había pasado una de las mejores noches de mi vida, nos besamos como quien cree que no habría  un mañana. Era de madrugada, no habíamos podido dormir, solo hablábamos y hablábamos de todo y de nada. Yo le conté que tenía 3 hijos y un marido en la cárcel, y él que tenía un ejército de 5 delfines dispuestos a dar la vida por él. Él no me creyó, yo tampoco le creí, solo nos reímos. Estar a su lado, abrazados, con el calor de las 4am era simplemente  maravilloso. Creí que resistiríamos, realmente creí. Pero ya el sol aparecía por la ventana que estaba sobre nuestras cabezas, era de día, el tiempo se terminaba para nosotros los vampiros. El barco se movía ahora por las lanchas que cruzaban rápidamente a su alrededor. Me preocupaba un poco que el arrullo del mar de hace unas horas se hubiese transformado en un agitado estremecimiento. That’s Ok, me decía él, muy cerquita a mi cara y acariciando mi mejilla. Nos besamos. Sus labios eran suaves y delgados, como dos hilos a punto de romperse.
Las dudas me habían atacado dos noches atrás, cuando, luego de 3 cervezas y una mala noticia me le abalancé a pedirle que me llevara con él. A dónde fuera, a su barco, a Panamá, a un parque, debajo de un puente, a cualquier lugar donde pudiera estar con él. I wanna go with you, le dije mirando su horrible collar de concha marina, ya que no había tomado tantas cervezas como para poder mirarlo a la cara. Ahí estábamos en la mitad de la calle, llena de gente un viernes la 1 de la madrugada y el suelta con sus ojos muy abiertos y sus muecas en la cara un: Im super tired, i wanna sleep .
-Yo también quiero dormir Anton! Dije con actitud indignada… No hay problema, nos vemos mañana. Lo besé en la mejilla y me fui.
No miré atrás. Solo caminé lo más rápido que pude, enmudecida por la vergüenza. El barman me gritó algo, que ignoré, clavé mis ojos en la mesa de la recepción, como una autista. Ciro se acercó a mí y me dijo – Qué haces ahí sola ven con nosotros. Y me señaló el patio del Hostel, dónde parecía haber una reunión animadísima en la que participaban, dos chicos claramente homosexuales y una chica inglesa.
Yo solo quería irme. Anton creía que me lo quería  comer, peor que eso, Antón no me quería comer. Aun peor que eso, yo no me quería comer a Antón, yo lo quería abrazar, yo quería acurrucarme en su cabina de Capitán y sentir en mi cintura las manos ásperas de quien ha armado y desarmado un motor tres veces en un mismo día.
No dormiría en el Hostal, así que esperé unos 15 minutos a que el barman cerrara el bar, sin clientes ya, para compartir el taxi. Por otro lado, seguía estando triste, las cervezas seguían su efecto y la mala noticia no la había olvidado. Reflexioné durante todo el camino como debía acostumbrarme al hecho de estar sola, a que los espíritus atormentados como el mío raras veces encuentran con quien compartir tristezas. Debía cambiar. Debo cambiar. No es chévere ni conveniente ser sincero siempre, ni tomar la iniciativa, ni ser expresivo, ni amoroso todo el tiempo. Dedo cambiar. No sé ser de otra manera, pero debo cambiar. Tonta, tonta, tonta. La escena de autocompasión siguió hasta que sonó el celular. Número desconocido a las 2am. Era Anton.
-Call me back to my cellphone.
Lo llamé.
-Toma un taxi, yo lo pago y te espero en el muelle.
-Ya voy en el taxi rumbo a casa Anton…
-Shit!! I’m so sorry, I’m so sorry ..
-Its Ok,
-Im so sorry, repetía una y otra vez
-Por qué, ¿por qué me pides disculpas?
-Por no haberte dicho que sí antes…
-Thats Ok Anton, see you tomorrow.

¿Qué significaba todo aquello? No sabía que pensar. Anton era una mar de indecisiones, como los demás. O simplemente un hombre que no me quería. Suele suceder que cuando no entiendes whats going on con alguien, es porque no hay nada que esperar del otro. Ya debía yo saber eso. Normalmente me escudo en la ilusión de que yo no soy normal y no me gustan los hombres normales y soltar el anterior y el siguiente discurso  Solo un pajaso mental para sentirme menos culpable:

Por qué no me gustan los hombres normales, por qué simplemente no me cuadro con un abogado, elegante, atractivo y costeño. Ah! Ya lo hice una vez y fue la misma mierda. Me tenía que gustar el capitán, un tipo que no sé de dónde salió, pero peor aun, que no sé hacia dónde va.
Un tipo que no quería compromisos, un hombre que ama más la libertad que a  la vida misma o a cualquier otro ser humano. Que tragedia.
 Le conté una noche, por qué creía que  todos los hombres son iguales, que me habían hecho daño de tantas formas que ya no sabía cómo defenderme. Que solo creía que debía estar prevenida, que debía desconfiar. Pero que me gusta sentir, que las emociones y sus demostraciones son mi vida.
-Es terrible enamorarse sola, le dije
To fall in love alone?
Y a él le pareció muy chistoso cuando le dije que eso era como cuando you have a movie on your head, and the other person doesn't…
 
Esos pensamientos daban vueltas en mi cabeza cuando los besos no parecían acabarse y la sensación de lo inevitable gobernaba nuestros cuerpos. Creí que resistiríamos. Debía detenerme, debía detenerlo. ¡Un momento!, de hecho no tenía que detenerme, no tenía que detenerlo. Estaba tan feliz, tan liviana.
-I want you
-¿Quieres qué?
-You, I want you … ¿tu me quieres?
- Yes
-¿sí?
-Yes.


Run run se fue pa’l norte
-Si todos los hombres son iguales, What about me?
-I dont know yet, Solo sé que me gustas. Y que eres un marinero.
Y aunque  transgredir con una traducción estúpida a Neruda debe ser delito, lo hice:
Amo el amor de los marineros
que besan y se van.
Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.
En cada puerto una mujer espera:
los marineros besan y se van.
Una noche se acuestan con la muerte
en el lecho del mar.

El capitán río en cada verso.
They leave a promisse, they never come back again, in every port a woman waits … Eso no es cierto …
Cuanto deseaba que no fuera cierto. Lo observaba mientras en la mañana, con la hermosa vista al muelle y al puerto de la ciudad él  cargaba el motor e inflaba el dinghy. Era delgado pero fuerte, y absolutamente sensual. Lo quería para mí, eso era un hecho. Cómo hacer para que un marinero se quede en tierra, como anclarlo… hacerlo perder su esencia no parecía ser el mejor plan.
Seguirle el juego, ser una mujer que espera tampoco. Debía acostúmbrame al hecho de que nunca sería mío, que tal vez lograría enamorarlo pero eventualmente se iría, porque el animal siempre tira para el monte, porque su vida es viajar y conocer nuevos horizonte y formas de amar…
Nos vemos en tres semanas…  un beso en la mejilla de despedida y  nada de dramas. Le pedí un beso real, él me dijo I gave you one already.
¿Por qué no me quisiste dar un beso?… yo solo quería despedirme adecuadamente, le reclamé por teléfono un par de horas después.
I dont know, solo atinaba a decir… Will see us in 3 weeks.
Al día siguiente revisaba mi historial de llamadas, resulta que hablamos 4 minutos. Cuatro minutos en los que yo le preguntaba por qué y el solo decía que no sabía… suena como mucho tiempo …
that sucks …
No nos vimos en tres semanas, pasó un mes, los barcos llegaban y él no, su motor de había dañado, estaba atascado en Panamá y yo.…ahora estoy escribiendo esto. Porque uno tiene que ver las cosas como si le pasaran a otro para entender mejor. Él no me quiso besar al despedirse, él se molestó conmigo porque no entendió mi chiste…  es como cuando tienes una película en la cabeza y el otro no.

domingo, 7 de abril de 2013

IMAGINARIO



La mañana amanecía gris, como de costumbre y por la ventana de su cuarto atravesaba una brisa impertinente que movía las hojas del libro que había dejado entre abierto la noche anterior: “me atormenta tu amor que no me sirve de puente, porque un puente no se sostiene de un solo lado…”  Quejas llegaban a su oído desde la ficción, el protagonista le hablaba  y lo miraba desde la soledad del que ama sin reparos. Alejandro no tenía tiempo para intentar comprender, así que mejor lo olvidó. Ahora miraba al cielo raso, con cara dubitativa, como tratando de imaginarse montado en la azotea del edifico más alto de la ciudad, con los brazos abiertos, como Rocky Balboa o como Rose en  Titanic. Sonrió por la idea de parecer mujer.
Decidió levantarse  y tomar el toro por los cuernos, mil hojas por un lado, ochocientas por el otro, alguien molestando en el teléfono y una luz que parpadea en el pc. Si, mejor tomar el toro por los cuernos, repetía mentalmente; o mejor no hacer nada, mejor quedarse mirando fijamente el cielo raso de la habitación, pensando ésta vez en los puentes sin final y en las tierras calientes donde una mujer cree que si deja de hablar muere. Pensar en el universo creado para él, por la ingenuidad manifiesta de aquella que no puede dejar de creer que él si cogerá el toro por los cuernos. La imaginaba bella, como solo ella podía serlo, fastidiada por el humo y por la desagradable sensación de saber que no se movía a motu propio y la llevaban unos hilos invisibles en la buseta mientras miraba por la ventana.
Seguro estaba de verla a ella en ese momento danzando en un mar de ritmos incomprensibles y efervescentes, en el marasmo de  su débil cuerpo bajo los tres soles inclementes de la salida de clases y con el verbo impertinente cosquilleando su lengua. Si se esforzaba un poco más, incluso podía imaginarla desnuda, feliz, susurrando una canción lenta a su oído, repitiendo sin parar los versos tristes que cambiaban de sentido cuando tenía su compañía, el fuego de su cuerpo delgado acostumbrado a la emoción, mientras en su boca temblaba la pregunta que le latía en su garganta desde que lo vio llegar ¿te quedarás ésta noche?  Pensando en la respuesta, el celular cesó de repicar, y la luz en el pc dejó de parpadear. Se sintió aliviado, había cumplido su cuota de humanidad ese  día.



lunes, 14 de enero de 2013

Un día ...

Un día decidí cortarme el pelo y  entonces fue la decisión más radical que había tomado en mi vida. Me veía al espejo y no perecía yo, ya los rizos no me acariciaban los hombros ni la espalda. Me sentía desnuda y un tanto desprotegida. El día anterior había tenido un fuerte dolor de cabeza, de esos que me daban con frecuencia, pensando en que iba a ser de mi vida, la salud, el trabajo, mi carrera, todo lo que venía por decidir y lo único que pude decidir era que tenía que cortarme el pelo porque era el primer paso para ser diferente.
Un día decidí cortarme un pulmón y entonces fue la decisión más radical que había tomado en mi vida. La tome con toda la esperanza y la fe del mundo, porque era el primer paso para ser diferente. Recuerdo que antes de cerrar los ojos eran las 5.30pm  en el reloj del quirófano, yo toda desnuda frente a 10 médicos como monstruos verdes y azules, escuchaba al anestesiólogo hacer bromas que implicaban whisky y enfermeras. Cerré los ojos. Lo siguiente que recuerdo es un dolor  y un peso extraño en mi lado derecho y el fastidio de tener un tubo atravesado en la garganta. Después de eso, una cicatriz como una gran sonrisa cruza debajo de mi seno derecho.  Cuando estoy desnuda la veo en detalle: medio clara medio oscura. Quienes la han visto me preguntan por su historia y entonces les cuento de ese día en que pensé que todo iba a cambiar.
Un día decidí hacer el amor con otro hombre, diferente a ti y entonces fue la decisión más radical que había tomado en mi vida. Te había visto antes feliz, agarrado de su mano y diciéndole cosas al oído a ella en la calle. Tu no me viste o tal vez sí. Y pensé ¿por qué no? Él otro juró que me amaba,  y le creí. Yo me entregué porque creí además que era el primer paso para ser diferente.
Un día decidí que iba a amarte para siempre y entonces es la decisión más radical que he tomado. Decidí que amaré nuestros silencios cómodos y tu respiración al otro lado del teléfono. Amaré tu terquedad y tu increíble capacidad de responder sin que nadie te haga preguntas, las conversaciones eternas sobre la importancia de leer a los rusos, sobre la simplicidad de la vida, sobre lo poco que hay más allá de tú, yo y unas cobijas. Amaré tus manos acariciando mi pelo y mi cintura, te amaré sobre mí, debajo de mí, a mi lado, tus poemas y tus canciones mal entonadas. Amaré nuestras noches, las ganas de que no amaneciera, tu mirada sincera, tu actitud que me decía siempre que todo estaría bien aunque estuviera todo muy mal. Amaré el recuerdo de los días más felices de mi vida, la alegría infinita de sentirme amada, la certidumbre de saber que al cerrar los ojos me estarías viendo.  Recordaré toda la vida aquél día que me pediste que por favor nunca te dejara y aquél otro en el que te pregunté si me amarías siempre…
Amaré tu amor, con la triste certeza de que ya no te sirvo, que  decidí cortarme el pelo, el pulmón y hacer el amor con otro y entonces algo muy pequeño cambió, que no fue radical, que no soy diferente, pero que por alguna extraña razón ahora no puedo parar de hacerte daño.
Ésta madrugada decidí enviarte esto, un texto que al igual que yo no sabe bien  lo que quiere, solo que desea ser leído así, como yo desearía estar a tu lado.
Te amo

jueves, 29 de noviembre de 2012

De cómo aprendí a ser costeña




Mi abuelita se llama Clara Yoly de Díaz, nació en 1936, no recuerda muy bien qué pasó con Gaitán en el 48, dice groserías, porque como dice mi mamá, ya a esa edad uno pierde la vergüenza y tiene un dicharacherío más extenso que el consignado en las greguerías de Gómez de la Serna.
Su casa, la casa de todos, es un caserón de 5 cuartos, que finaliza con un patio enorme que en mi infancia tenía arboles de mamón, roble, bonga, limón, bonche, además de sábila y un montón de plantas aromáticas y medicinales. En las tardes, mi abuela se sentaba en una silla de tablas viejas debajo del palo de limón, a rallar el coco o a hacer bolas de tamarindo con azúcar, o simplemente, en sus palabras a “coger fresco pa’ vendé salao”. Me cargaba entonces en sus piernas y me besaba en el cachete, recuerdo su sonrisa siempre sin dientes, casi infantil cuando me tarareaba una canción a la que nunca le puso letra, pero que parecía ser una cumbia. 
Mi abuela era bruja, y lo sigue siendo, cuando llovía invocaba a los santos, nos obligaba a rezar el rosario y la oración de la virgen del Carmen para alejar la tempestad, tapaba los espejos para que no entraran los malos espíritus, recorría la casa con un ramo bendecido en domingo santo, que pasaba por el fuego y luego lo sacudía en cada esquina diciendo “ que salga el mal y que entre el bien como entró Cristo a Jerusalén” y me regañaba si me movía cuando tronaba y relampagueba, había que respetar, decía ella “porque esa es la ira de dios”.  Tenía un poder de percepción inigualable, me decía “Tama deja de correr en el patio que te vas a caer y vas a llorar”, y eso justo era lo que pasaba. Me caía, lloraba y ella para consolarme acudía a mí con la cosa más dulce que encontrara en su cocina, que podía ser un platanito o un pedazo de panela.
Mi abuelito nació en 1927, ya no coordina bien las ideas, a veces no me reconoce, y tengo que ayudarlo a firmar su nombre. Cada vez que le guio la mano con el lapicero sobre el papel le recuerdo que él fue quién me enseñó a leer y a escribir, el mejor regalo que me han dado jamás. Cuando era niña, veíamos la novela del medio día, boxeo, baseball, futbol y el reinado, yo sentada en sus piernas siempre flacas y él explicándome con paciencia que era un cuarto bate o foul ball, y juguetón me tapaba los ojos cuando en la novela los protagonistas “chupaban piña”. Mi abuelo viajó durante 30 años en el Buque Gloria, de eso le quedó una pensión, fotos y un millón de historias que hoy me entristece no recordar. Vivió en el mar, pero no lo ama y no nos inculcó amor hacia él. Nunca los ví bailar, pero en casa el 11 de noviembre no faltaba el popular pie pelúo sonando. Nunca ha faltado el arroz de coco , el jugo hecho con las guayabas robadas al vecino, la lámpara de gas, las flores de bonche, la Virgen del Carmen y un comentario recurrente sobre el clima ”uff carajo, éste mundo se va a acabá es el bolas e’ candela”.
Así era,  a los 12 años cuando leí Cien Años de Soledad, me di cuenta que había vivido todo éste tiempo en Macondo, que el corredor de las Begonias estaba frente a la cocina abrazadora de mi abuela, dónde se cocinaban el coco y la panela para hacer las cocadas y ella reía a carcajadas mientras le ponía apodos a la gente.
                                                                                              ***
Ella se mueve menudita con su camisón de flores, en 22 años solo la he visto comer un par de veces (es bruja) y jamás me ha dejado ir de su casa con las manos vacías. Se queja porque el vecino cachaco no la saluda  cuatro veces al día, (como debe ser), porque no le manda dulce en semana santa, porque se duerme para no dar el feliz año, por que no deja salir a sus hijos, porque pone las velitas de día, , su mujer es pálida y sin sabor, porque está maquillada desde que se levanta, porque habla bajito, no sabe bailar, se expresa como un “jesuita” (hipócrita) y su tono al hablar es “como de mujé pendeja”, retahíla que podía terminar con un contundente “cachaco paloma y gato…” o por el contrario con un “él es cachaco, pero es buena gente”
Se enteró de un novio cachaco que tuve y no hizo más que advertirme sobre el peligro que traería: “ufj carajo esos cachacos que no saben ni bailá”. Nunca lo conoció, y de haberlo hecho, lo hubiese odiado por que era el cúmulo de toda la retahíla mencionada anteriormente, no sabía bailar, no entendía mis chistes y mi mamadera de gallo y solo parecía absorto ante la grandilocuencia con la que yo contaba cualquier hecho cotidiano, con mis figuras retóricas, mis personajes de fantasía, groserías y onomatopeyas, así como lo hacía mi abuela en la cocina de la casa. Para él yo era una suerte de cuentera curiosa. Mientras yo quería salir y moverme él quería “cucharita”, cosa que no es muy cómoda a casi 40 grados. Y así fue, la temperatura nos dividió.

La casa de la abuela sigue siendo de todos, sigue teniendo esa magia loca que solo ella puede ponerle, los arboles los cortó porque atraían a los rayos, el resto, es felizmente igual. Tengo mucho de ella, tengo la terquedad, tengo el tono alto, tengo el orgullo  pero nada de sazón y me pregunto las mismas cosas sobre los cachacos. He procurado, como la mujer curiosa que soy, hacer el ejercicio de intentar conocer mis orígenes y reafirmar mi identidad, si bien no sé hacer arroz con coco, he tratado de saber su por qué, y así dilucidar porque es tan importante para mi abuela y porque es tan importante para mí. Por qué me gusta el vallenato, por qué cuando hablo quiero superar la velocidad del sonido, por qué soy graciosa sino me esfuerzo por serlo, por qué sonrío siempre, o por qué bailo cualquier cosa y no me importa hacerlo mal.
Ríos de tinta regada sobre el tema aunque no la suficiente,  mirar en retrospectiva, pensar en mi abuela y entonces asumir y reconocer mi legitimidad como mujer negra y caribe. ¿Por qué yo tengo eso que  mi ex novio o el vecino de mi abuela no tenían?, no sabría decir qué, no sabría decir dónde agrégaselo o dónde quitárselo. No es un sombrero vueltiao, una guayabera, no es una parranda o un acento golpeado al hablar, sin ese aditamento anda la mayoría de nosotros y no dejamos ser costeños por eso. El “it” que dicen los gringos…No lo sé. Me hace feliz tenerlo, eso sí lo sé.
Tengo amigos cachacos a los que quiero mucho, unos saben bailar otros no, solo saludan una vez, (como debe ser) hablan despacio y bajito, no comen dulce en semana santa y su hablar es sincero  por que ante todo tienen un gran corazón. También suelen reírse cuando cuento cualquier historia a mi manera, exagerada y con sonido incluido, pero para ellos no soy una cuentera, soy una amiga. Y para mí ellos no son un animal ingrato, son mis amigos. Mi abuelita debería conocerlos, ellos deberían sentarse en una  mecedora junto a  ella una tarde de diciembre, en el patio, bajo la sombra del palo de guayabas a echarle cuentos sobre Bogotá, mientras ella ralla el coco o despepita el corozo y se prepara para contarles  luego, su travesía de la casa a la tienda, todos con los que habló y todos a los que saludó, así de simple. Aunque aprenda a hacer cocadas, nunca seré una matrona costeña como mi abuela, solo disfrutaré irremediablemente la alegría y la suerte de haber nacido en el caribe, eso me toca.


Tamar Galarcio Díaz