domingo, 1 de enero de 2017

1ro de Enero

No hay nada que me guste más que ver esa sonrisa adolescente que pones cada vez que te alegras por cosas simples. 
No hay nada que envidie más que tu libertad sin limites, tu tranquilidad sin remordimientos.

No hay nada que odie más que la sumatoria de tus ausencias, despedirte, que aveces parezcas un recuerdo y que te veas difuso en mi día a día.

No hay nada que desee más que el abrazo del reencuentro, tu mano en mi cintura, tus ojos mirándome  fijamente mientras hacemos el amor.  Tus besos perfectos, tu pelo en mi boca, tu mejilla contra la mía. 

No hay nada que me asuste más que estar enamorada de ti, de ti, que eres humo, que eres tú y solo tu.
Me asusta decírtelo pero me asusta más no decírtelo. 
Me da miedo lo avasallador de tus respuestas, tu claridad mortal, la impunidad aterradora con la que todo acabaría.
Temo quererte. Temo de mí y de ti, de las cuatro paredes de las que no saldré completa porque un pedazo de mí va a querer quedarse encerrado para siempre. 

¡Oh por dios! Tengo pavor de mis palabras y de mi torpeza. Tengo pavor de mi que soy un error andante. De mi racionalidad a cuenta gotas, de la transparencia innecesaria de mi corazón, la desnudez de mi cuerpo, de esas ansias por compartirme. 
Y lo único que no temo hoy es decirte que te quiero. 

miércoles, 27 de julio de 2016

Ezequiel



Hacía frío, pero les juro que no era para tanto.  Ezequiel temblaba como  una ramita de limón a punto de caerse, y el calor de mi cuerpo desnudo no parecía subirle la temperatura. Delgadito, blanquísimo, tonto, lindo, así es Ezequiel. Y friolento también. Sus besos son de esos que no quieres que acaben,  de esos que te estremecen, que te hacen querer entrar dentro del otro. 

A Ezequiel es imposible callarlo. Te hace reír, te hace sentir cómoda, te hace querer abrazarlo. Es malo Ezequiel y lo sabe.

En la cama, desnudo, se ve tan débil como yo. Éramos dos hilachas tiradas en la cama intentando hacer el amor. Sus dientes que castañeaban  no nos dejaban. Lo abracé tan fuerte como pude, lo llevé tan cerca de mí que podía sentir su corazón latir. Su erección también.

Atravesé el largo camino desde su boca por su blanco torso hacía abajo para complacerlo. A él le gustó. A mí también.  Queríamos más, pero no podíamos, no era seguro.  Nos culpamos en silencio, nos reímos a carcajadas de nuestra desgracia, de la frustración y las ganas contenidas.  Al menos ya Ezequiel no tenía frío.

La casa de Ezequiel es un quilombo, tal como es su cabeza, tal como es su pelo. Quería invitarme a un café, pero no encontraba el colador, yo quería un mate , pero no tenía yerba, nos tocó tomar té, té común, de ese que uno descarta en el supermercado. A Eze  le gusta Queen, tararea  I want to break free mientras hierbe el agua. En la cocina, de lejos,  vestido y de día, parece un adolescente, se ve inofensivo, manso. No se da cuenta de  que lo observo y sonrío.

Tomé el té después del cual no sabía si iba a volver a ver a Ezequiel, porque nadie sabe que es lo que él quiere, y él mismo tampoco.  Me acompañaba a la puerta cuando notó que no tenía las llaves, que no las encontraba, que no podíamos salir.  No tuvo temor de mirarme a los ojos y decirme que no sabía qué hacer.

Ezequiel no ha sabido  que hacer en tres días. Aquí estoy a su lado, escribiendo esto. Seguimos sin hacer el amor y tomando té común.  Yo creo que las llaves ya las encontró ayer, pero que no me quiere dejar ir,  parece que le gusta eso de tenerme y no tenerme. No me queda más que confiar en Ezequiel y en que en algún momento decidamos que hacer.




lunes, 23 de mayo de 2016

Cuentos de una no-viajera: El beso francés.

Francois  era un viajero francés que llegó de Panamá en un barco. Era alto, rubio, delgado, de ojos verdes y acento encantador. Hablaba un español mexicanizado, en el que alternaba un uso gutural de la R propio del francés con un No mames guey de vez en cuando.  Me divisó desde el patio del hostal y se acercó a la recepción.  Era la primera vez que lo veía en mi vida, había llegado en la mañana después de 5 días en altamar, muy bronceado  con una solitaria dred colgando al final de su nuca, un pantalón de pescador hasta las rodillas y unas botas enormes y negras. Me miraba fijamente a los ojos. Me preguntó sobre dónde quedaba un supuesto lugar cerca al Parque Bolívar  donde habría una fiesta. No me quitaba la mirada de encima. Me levanté para señalarle en el mapa el lugar y automáticamente  pasó su mirada como un scanner  sobre mi cuerpo. Luego, una vez más a los ojos, fijo. Me ponía nerviosa. Se acercaba mucho, tanto, que sentía su aliento de cerveza y cigarrillo en mí cara. No hice ninguna señal de molestia, solo sonreía  y hablaba, como era habitual, como me tocaba. Habían pasado 2 o 3 minutos, o nada, François con la misma mirada lasciva me invitaba a salir. De manera sería y autoritaria me dijo, “te veré en la Plaza de la Proclamación a las 11.15pm” . Con cara de escepticismo y burla le di un sí entre risas. “Está bien nos vemos” y se fue.
No suele suceder tan rápido, el lapso entre la primera mirada y la invitación a salir en condiciones normales puede durar semanas. Un hombre puede esperar meses para finalmente invitar a salir a una mujer, después de llamadas, mensajes de texto y sesiones intensivas de chat. Es un juego en el que esperas estar lo suficientemente seguro para lanzar el ataque. Eso en condiciones normales,  si estarás en una ciudad por dos días, el golpe debe ser directo y certero. Arriesgarás todo de una vez, sin espacio a dudas o indecisiones, la vida es ahora para el viajero.
Para mí, que estoy allí inmóvil, viéndolos pasar, la vida se detiene cada cierto tiempo. Alguien aparece y decides hacer stop y vivir 2, 3 días como ellos, pero no más, no más que eso.
 No pensaba ir, obvio (?).  François apareció en la recepción 15 minutos antes de las 11pm (hora en que termino mi turno) , cambió de planes, dijo, con la misma mirada fija y voz autoritaria “primero iremos a comer” Yo anonadada y dominada por la curiosidad dije que sí. Fuimos a un restaurante italiano, pidió vino tinto y tomamos una copa mientras venía la lasaña y los raviolis. Me habló del viaje y desde hace cuánto no iba a Francia, de cómo Latino américa es el paraíso, que viajaba solo, que era interesante conocer gente como yo, que yo era linda y todo el discurso que le sucede. No le trajeron raviolis, sino espagueti. Con calma, elegancia y en italiano se lo reprochó al chef. No sé qué le dijo, pero sonrieron al final y él comió espaguetis. Me mostró cómo se debían comer y cómo tomar la copa de vino al estilo francés. Por un momento pudo ser  encantador y su actitud ser realmente discordante  con su aspecto descuidado.
Terminamos y nos dispusimos a ir a la supuesta fiesta. Sabía que era mentira, que no había ninguna fiesta, que el francés quería  sexo, él lo supo desde que me vio, yo desde que me clavó sus  ojos en los míos, a falta de no poder clavarlos en un escote. Lo sabíamos cuando estábamos comiendo espaguetis y raviolis,  el  proceso complejo de interacción humana que llamamos coqueteo y conquista quedó resumido en una cena corta en la que me contaba lo hermoso que era mi pelo y mi piel. No era suficiente, yo soy latina, lejos de ser una falacia argumentativa, es cierto: me gusta ser convencida. Con hombres bravucones y creídos, machos costeños ya he lidiado. No, François, hasta ahora no era suficiente.
Al llegar, como suponía, o había nadie en ese lugar. Nos sentamos entonces en una banca del  Parque Bolívar. Sin mediar palabra solo agarró mi cara y me besó. Sí, mi primer beso francés, lento, rico y apasionado. Le pregunté si realmente creía que yo iba a ir a su encuentro cómo lo había planteado al principio y respondió “por qué no, yo solo tengo una palabra, creo que tú también deberías”
Naturalmente no  era importante hablar de eso. Nos seguimos besando, mucho, mucho, lento y después muy rápido, en esa banca del Parque Bolívar con el sonido de las fuentes detrás y la irremediable sensación de culpabilidad que generan las miradas indiscretas de la gente. Pero es natural, es Cartagena, la Cartagena de Collazos, la calurosa, la que huele a sexo. Luego, el movimiento atrevido de su mano por mi cuello y mas abajo. Lo detuve.
¿Quieres qué me estemos juntos en una habitación privada esta noche? le dije:  no.
¿Y mañana? le dije: no
 ¿Entonces qué quieres hacer?  y yo solo atiné a decir: no sé.
Nos seguimos besando.
La idea de tener sexo con alguien que había conocido hacía solo unas  horas perforaba un poco mi esquema ético, si bien me moría de ganas, era un desconocido, un tipo estilo BoBo francés, absolutamente convencido de sí mismo y de su efecto, que no había presionado los botones ni movido las palancas correctas. Había ganado una cena, ya era suficiente: puse dos y dos juntos y me dio cuatro…Dije: me voy. “Entonces un gusto conocerte” dijo él.
No lo volví  a ver. La tarde siguiente volví al trabajo y ya había viajado a Santa Marta. Caras nuevas llegaban al hostal, ojos nuevos buscaban donde posarse, no hay tiempo para recordar que pasó ayer.

jueves, 7 de abril de 2016

Volemos

Caminaba por Av. De Mayo, era la 1am, sin embargo había mucha gente en la calle. Y es que Buenos Aires duerme tarde, es más, ni siquiera estoy segura de si duerme, pero no puedo saberlo, no he podido seguir su ritmo.

Yo llevaba un vestido rosa corto, veraniego,  me negaba a rendirme al otoño .  Iba en busca de una cerveza, tal vez dos. De un hombre, o tal vez dos.

Caminaba rápido y noté que un auto me seguía. De reojo noté como una mano me llamaba.

Era él. No había respondido sus llamadas en dos semanas y con una fuerza de voluntad sacada de yo no sé dónde, me opuse rotundamente a enviarle algún mensaje.  Dos semanas en las que pensé día y noche en sus besos, en sus manos masculinas que rodeaban mi cintura y me apretaban hacia él. Viva en mí estaba la sensación de poder que me daba saber que cada roce mi cuerpo hacía que me deseara más y más, y su erección en mi muslo me hacía sentir que él era débil y mío.

No obstante, no era la única y eso me molestaba. ¿Qué mayor satisfacción para una mujer que el saber que el mayor momento de placer de su hombre, que es también el mayor momento de debilidad es causado por ella y solo por ella?. Sin embargo no era mío, lo sabía desde el inicio y creía que no me importaría, pero sí.

La primera que vez que nos vimos fue en la fiesta de una amiga. Sin mediar palabra él me quitó la cerveza que tenía en la mano y simplemente me besó, así no más. No sé de dónde salió, solo sé que sin una pizca de dulzura me besó, así como besas a alguien de quien quieres vengarte. 
Cómplices de la penumbra, sus manos bajaban  hasta mis nalgas y mi ropa interior; estaba asustada, vencida y no intenté detenerlo ni un poco. Sus dedos tocaron mi sexo por primera vez en un salón lleno de personas que miraban sin ver, a ésa mujer con aspecto adolescente ser manoseada por ese hombre grande, mayor, desconocido…
Susurré un quejido. Entonces él se detuvo, agarro mi mano, me llevó afuera y fuimos en auto hasta su apartamento.

En mi cabeza fue como un viaje en el tiempo, un relámpago que me cegó hasta que llegué a su cama. El auto volaba sobre la noche de Buenos Aires llevando dentro las ansias contenidas de dos desconocidos. Empujada hacia el vacío de sus sábanas marrón, cerré los ojos y dejé sentir en mi cuerpo todo el peso del suyo, sus besos en mi cuello, sus manos en mis pechos, el rodar de mi falda por mis piernas.   

Se acercó a mi oído y por primera vez escuché su voz: “Hace 4 años que no tengo sexo” me dijo.

Una flamante erección se avistaba ya desde su pantalón entre abierto. Mi boca se acercaba deseosa hacia ese tótem solitario que se levantaba sin miedo y me desafiaba. En mi boca se sentía cálido, suave, casi  familiar. Lo besé en la punta para enseñarle el cariño que él no supo mostrarme al principio y con una sonrisa amistosa le gritaba cuanto los disfrutaba.  Sus ojos sobre los míos sellaban el pacto secreto en el que nos comprometíamos a hacer felices a nuestros cuerpos.

Una vez más un relámpago hizo que su boca y su saliva rozaran mis senos diminutos, mis cintura diminuta, mi clítoris diminuto, el sexo fresco de mi juventud que se le ofrecía a éste sediento cuerpo que intentaba ganar las batallas no peleadas en cuatro años.

“Te quiero dentro de mí” le dije, y entonces él escuchó por primera vez mi voz.  

La puso dentro de mí, lentamente, con una  suavidad incoherente: la suavidad de los monstruos. Cada movimiento marcaba la entrada a un mundo de colores y formas extrañas que podía ver solo con los ojos cerrados. No hubo más que un placer indescriptible, una explosión confundida en medio de nuestros gemidos, el tiempo se detuvo un momento, morimos un poco, todo fue blanco por un instante… luego sonreímos.

Estaba en  la Av. De Mayo, era la 1am y él me sonreía ahora, sonreía por ese mundo del que yo le había abierto las puertas. Estaba yo en la entrada  con mi vestido rosa, con mi falda roja, con mi boca complaciente ... Yo sonreía porque esperaba al menos la gratitud de sus orgasmos y extrañaba la delicadeza de sus mordizcos en mis muslos, aunque nunca fuera mío, aunque nunca llamara la día siguiente.

Subí a su auto y nos fuimos,  a volar sobre Buenos Aires.




domingo, 22 de noviembre de 2015

Vete ...

Vete y déjame llorar. Déjame llorar por todo lo que no tengo ni tuve, por todo lo que perdí, por todos los que me dejaron, por todo lo que me robaron, por todo lo que dejé que me hicieran, por todo lo que pude evitar y no evité, por todos los que no merecieron mi amor, por los que me dejaron sola, por los que no me comprenden, por el conformismo al que me obligaron mis circunstancias, por mi soledad, por lo que quiero y no me quieren, por los que me rechazaron, por el amor que pedí y nunca recibí, por ser siempre la opción más difícil, por no ser una buena persona, por no ser una persona normal, por no saber nada , por no tener nada, por no ser nada.
Por no ser fuerte, por tonta, por bajar la guardia, por no saber defenderme, por seguirte amando, por ser una estúpida, por no poder, simplemente no poder...
Por extrañar a quién no debo, por ser débil, por ser un fiasco, un invento, por ser nada, por casi no existir.
Por mis dolores, por mis deficiencias, por el aire que no me es suficiente, por el pecho que no me deja vivir, por no saber que hacer, por hacer lo incorrecto, por no hacer nada.
Por querer desaparecer a veces, por ser insignificante, por no importarle a nadie, por no importarte, por el dolor infinito de recordarte, por recordarte, por pensarte , por sufrirte, por cada minuto perdido en el tren pensando en ti, por los sueños contigo, por todo lo que me dueles, por no poder olvidarte.
Vete, se mi nuevo llanto, mi nuevo fantasma, mi nueva ausencia. No te preocupes, estarás lejos, serás feliz y no sentirás mi dolor, no verás mis lágrimas. Te diré que estoy bien, que cocino todos los días, que como bien, que he hecho nuevos amigos, que salgo a bailar y me acuesto tarde.
Vete...

domingo, 26 de julio de 2015

Sé lo que hiciste el invierno pasado


Todo es un gran revoltijo de pensamiento y escenas que parecen ser de historias diferentes.
Yo sentada en tus piernas, intentando besarte  y tu esquivandome  apartando mis manos de ti, diciendo, Tu y yo ya no somos novios.
Tu y yo, sumergidos semidesnudos a media noche en un mar de aguas cristalinas, besándonos, tu diciéndome que era hermosa, yo diciéndote que te quería.
Otra vez, tu y yo sentados en un bus, uno al lado del otro, era invierno, hacía frío, yo miraba por la ventana, lagrimeando y tratando de que no lo notaras, pensando en cuán lejos estabas de mí.
Tu y yo abrazados una noche, en una banca fuera de mi trabajo, yo estaba cansada y lloraba, no quería irme.

Luego hace dos años tu y yo nos dábamos el que creía era nuestro ultimo beso y nuestro ultimo abrazo. Me despedí, volteé a mirar y aun estabas ahí viéndome partir. Era la única persona que quería que estuviera conmigo ese momento, fuiste la última cara conocida que ví y eso no lo cambio por nada.
Hace un año, una nueva despedida, tu y yo en la estación de trenes. Ésta vez te despedías tu. Me pediste que te acompañara, te dije que no quería tener el recuerdo de verte subir al tren y tener yo una mano al viento despidiéndote. Pero lo hice. Una nueva escena de llanto, ese llanto que pensaba que iba a ser el definitivo pero que se extendió mucho tiempo más. Se que te dije muchas cosas, que me rompiste el corazón, que no debiste haber venido. No había más que tristeza, amor y decepción en mis palabras, no había maldad. Tu apenado, miraste a un lado y dijiste muy suave, que había sido una parte importante en tu vida, que no querías que te recordara así. Buscaba tus ojos pero no los hallaba. Lo único que encontré fue una mano que vi colgada, la acaricié por ultima vez y te dije adiós.

Lo anterior y lo posterior a eso fueron un infierno.
La expectativa de tu llegada me quitaba la respiración, quería que me encontraras bella y feliz. Pero la cosa era complicada. No tenía un peso, había estado enferma y ya no me hablabas con tanta frecuencia.Tenía la guardia baja, solo esperaba lo  mejor de ti.
Llegaste. No querías que te tocara y fuiste frío la mayoría del tiempo. La primera noche, quise que hiciéramos el amor. era obvio que no querías y no sabías como evitarme ya que compartíamos la misma cama. Lo hicimos, al final te dije suave al oído que te quería, que te extrañaba, que me ponía triste el que ya no me escribieras con frecuencia y que yo dejé de hacerlo también porque no quería parecer ridícula. Se me quebraba la voz. Esperé una respuesta, solo me dijiste que estabas cansado y que querías dormir. Ya todo estaba claro, no me querías. Una parte de mi quería irse corriendo de allí, dejarte disfrutar tus vacaciones en paz. La otra, la romántica, me decía que la vida te había puesto a mi lado en ese momento por alguna razón, que pudiste haber ido a cualquier lugar del mundo, pero escogiste venir aquí, a donde yo estaba, que seguro estabas un poco confundido, solo debía intentarlo un poquito más. Lo hice el resto de la semana. Fue en vano. No me querías.
Me sentí estúpida por pensar que alguien pudiera hacer algo así por mi, que tu pudieras hacer eso por mi, venir por mi, solo por mi. Nunca me prometiste nada, nunca dijiste que me amabas, nunca dijiste que lo harías. Era como si yo estuviera loca y todo hubiese pasado en mi cabeza.
Nunca me consolaste, no me pediste perdón, no me abrazaste para que me calmara, no me dijiste que me querías, No te importó nada. no me explicaste nada. Me ignoraste.
Yo solo lloraba y me ponía histérica, me sentía minúscula, insignificante, tonta.

Ha habido mucho llanto en ésta historia. No te volveré a ver. No me escribirás nunca más, no me extrañas, no te importo. Pero pienso en ti, he pensado en ti todos los días de mi vida desde que te conocí. No es justo, no es sano, me hace daño y llevo mucho tiempo intentando solucionarlo. No te molestaré nunca más, quiero ser fuerte y superarlo todo, por eso escribo, porque quiero que todo ese dolor se me salga del cuerpo. No se lo puedo contar a nadie, me hace sentir estúpida.
Eso fue lo que hiciste tu en mi invierno, eso fue lo que hice yo en tu verano. 
Quiero que estés bien, feliz, contento, que a pesar de todo tengas un recuerdo bonito de mi y de lo mucho que te quise. Ojalá me pienses se vez en cuando, y que estás vacaciones sean mejores que las pasadas...


miércoles, 24 de junio de 2015

Lo que ella piensa de él

Una madrugada después de hacer el amor ella le hizo prometer que no la iba a olvidar. Le preguntó luego que si él creía que ella era una buena chica, él le dijo ríendo  que sí.
Ella le creyó. No había que ser muy inteligente para saber que todo era mentira, que él sabía que la iba a olvidar y que ella ya sabía que no era una buena chica. Durante los meses siguiente se aferró a su recuerdo y a la idea de que él también pensaba en ella. No había que ser muy brillante para saber que él ya no pensaba en ella. Un día ella decidió que ya no quería pensar en él, eliminó toda evidencia física y virtual de su existencia, entonces en un revés  de la naturaleza humana, él le contó que quería seguir en su vida. Ella se arrancó el corazón para decirle que ya no, que ya no se podía.
Lo curioso es que aun después de tanto tiempo, de nuevas vidas y nuevos amores, él aún sigue en su vida. Sobre todo en las mañanas, cuando se despierta y se da cuenta que es un día más en que no hablará con él, no sabrá cómo está ni que siente. Un día más en el que los olvidos se irán sumando hasta llegar a la nada, un día más donde él se levantará sin pensar en ella. A veces llora pensando que ella es como un dibujo que se desvanece en su memoria, que es como un garabato borroso que él ya no recuerda con exactitud, que la recuerda molesta y  llorando y no feliz y sonriendo . Que la recuerda histérica e irracional y no la mujer inteligente y sensata que solía ser.  Llora porque sabe además que ella lo decidió, que ella dijo ya no más. Llora, porque él no le dijo que lo reconsiderara, él solo la dejó.

Él pudo decir algo que la consolara, abrazarla, acariciarle la mejilla o solo mirarla a los ojos, pero no, solo la  ignoró, solo la hizo sentir insignificante, sola, estúpida con su silencio, con su estatismo. 
Ella a veces cierra los ojos y se imagina sus hermosos ojos azules mirándola con la picardía de un niño, así como solían hacerlo antes. En sueños lo imagina a veces huyendo de ella, a veces diciéndole que todavía la ama. Así es él.  Así es ella. 

Ella sabe que ya no lo volverá a ver, sabe que ya no habrá un mar para los dos, ahora se conforma con que la visite en sueños, de vez en cuando y con esa  sensación de  haber estado con él que la acompaña hasta varias horas después. Insiste en recordarlo con amor, pero sus ojos se llenan de lágrimas aún ahora. Lo culpa porque la hizo ver estúpida y débil, porque debió esperar lo peor como siempre y no creer que él haría grandes cosas por ella. Ya ese espíritu que creía en la infranqueabilidad del amor murió. Y ella siente que murió un poquito con el. 

domingo, 10 de mayo de 2015

Una vida simple



Conozco quienes disfrutan del buen vino y los buenos quesos. Yo disfruto de la buena literatura y el buen cine. Me encanta la tranquilidad del hacer nada, de estar tirada en mi cama mirando lejos, descansando y pensando en las cosas de la vida. Odio hacer deporte y no sé tocar ningún instrumento. Bailo, porque es genético, leo porque me ayuda a vivir. Una vida simple, en la que he transitado desde que nací, porque, mis preocupaciones y las de mi familia, nunca fueron más allá de poder llegar a fin de mes, que comiéramos hasta que quedáramos llenos, nos educáramos y fuésemos personas solidarias.
Trabajar era ley, estudiar un gran esfuerzo y comer era satisfacerse. Más allá de eso no había nada. La felicidad no la encontrábamos en vacaciones costosas (porque nunca tuvimos ni siquiera unas no costosas) sino en la emoción infantil que se nos generaba cuando mis papá nos decía que comeríamos pollo frito en el centro. Había ahorrado por varias semanas para pagar eso que hoy me parece nada, pero que en ese entonces era todo un sacrificio. Eramos felices teniendo a mi papá en casa los lunes, su único día de descanso, viéndolo arreglar el abanico que siempre estaba dañado, la cama que siempre estaba chueca, la puerta que siempre necesitaba aceite. 
Yo era feliz tomando su mano mientras el me llevaba a hacer filas al banco o a la notaría, y luego entrabamos a la iglesia y el rezaba un poquito. Yo era feliz esperándolo cuando llegaba tarde , para recibir el dulce de café o de ajonjolí que siempre me traía. Eramos felices comiendo las cocadas de la abuela y viendo béisbol con el abuelo.
Yo era feliz. La felicidad, esa palabra tan esquiva y de significado tan arbitrario. Tan simple y truculenta al mismo tiempo.
Hoy me encuentro inserta en un entramado de nuevas costumbres que creo comprender pero que sigo mirando de lejos y con curiosidad. La clase media y su concepto de felicidad es algo nuevo para mí.
De repente veo de cerca que hay más vino que el Termidor, pero encuentro que todos me saben igual. De repente me ofrecen 80 tipos diferentes de queso, pero no me gusta ninguno. De repente todos hablan de la lejana Europa, como si ésta quedara en Berazategui, pero yo solo sé que París y su encanto fueron la inspiración y el hogar de mis amados García Márquez y Cortázar. Todos esperan con ansias el feriado largo para buscar cualquier destino, porque hay que salir de la rutina, porque la vida es aburrida, porque siempre hay que hacer algo nuevo.
Estudian, trabajan, van a cursos, talleres, hacen deporte, compiten, porque.. porque pueden.
A pesar de ésto su vida  parece estar vacía y llena de dudas o carencias, entonces el psicólogo se convierte en esa zona franca donde desahogan sus penas e inconformismos: padres a los que es difícil complacer, relaciones sentimentales que no los llenan, altos estándares  que cumplir, muchas cosas que hacer y poco tiempo, trabajos que no los realizan como persona y toda una gran lista de penas modernas que no los dejan ser felices.
Como quien se mira desde arriba, me veo. Allí, en medio de burgueses satisfechos, que no tienen la culpa de serlo, que solo tuvieron buena suerte. No la suerte de que el dinero les crezca en el patio de su casa, sino la suerte de tener opciones. Suerte ésta que es la que los pone nerviosos, la que los mantiene inconformes, porque los mantiene con la duda de que siempre pudieron escoger algo mejor.
Algunos dicen renunciar a su "vida fácil " porque es más emocionante y autentico andar en bus de servicio publico  que en auto y tener la experiencia de vivir como "pueblo", pero nunca los verás en un hospital público o manteniéndose con un sueldo de repositor para poder entender lo que es realmente vivir como pueblo, que es básicamente dedicarse a sobrevivir . 
Los veo quejarse de todo y por todo, como si no se dieran cuenta lo buenas que en realidad son sus  vidas y termino pensando que no sé si tenerles envidia o lástima. Creo que siento un poco de ambas.
Creo que soy una resentida social. No, estoy segura. 









lunes, 14 de abril de 2014

Cuentos de una no-viajera: ÉL (Him)


Recuerdo que hace más o menos un año lo conocí. Me generó tanta curiosidad como me generaría otro huésped, Era un huésped más, otro gringo que llegaba a Cartagena, la tierra prometida. Era muy alto y muy joven. Solo un año mayor que yo. Era amable y tranquilo. Hacía calor, mucho calor. Yo le sonreía, era bueno sonreírle. Lo agarraba del brazo, se sentía muy bien. No le dije que no, tampoco le dije que sí. Quería decirle que sí. Un día le dije que sí. Hacía tanto calor, pero no importaba, me hacía muy feliz haberle dicho que sí. Me hacía feliz verlo sonreír, verlo mirarme, peinarlo, esperarlo, la tranquilidad infinita que sentía cuando estaba con él, sentirme bonita, segura, cuidad… lamento no haberle dicho que sí antes, un día antes, una semana antes…  no sabía que iba a atesorar después cada momento que viviera con él, no sabía que lo iba a querer de esa forma superlativa que él prefiere no escuchar y que yo prefiero no nombrar. Que lo iba a extrañar tanto, que iba a querer que me abrazara y me acompañara, que compartiéramos una cerveza, un helado, una uva. No me imaginé que nuestro abrazo de despedida era en realidad el último, y que hubiese sido mejor abrazarlo más fuerte y hacerle entender lo que sentía con un par de palabras al oído. Preferiría que nunca me hubiese visto llorar, que no me viera triste o cansada, que nunca hubiese escuchado mis palabras de dolor, porque era todo lo contrario a lo que sentía cuando estaba con él, porque era feliz con él: Debí sonreírle más, decirle más veces que lo quería, debí besarlo con más pasión, debí hacerle el amor como si fuese mi último hombre… Debí irme consciente de que ya no era mío, de que nunca lo fue, y que ya no lo será. Debí llegar y olvidar su nombre, su cara y sus ojos. Pero no lo hice, al contrario, lo he pensado en cada lugar, lo he recordado cada fin de semana, en la emoción que sentía por esperarlo y en la certeza que tengo hoy de que no llegará. Sin embargo me alegra saber de vez en cuando que está bien, que está feliz, que está con su gente, con su familia y sus amigos, que está cómodo.  A veces pienso que está tan cómodo que no se molesta en recordarme, que ya llegó ese momento que sabía que llegaría en el que nos olvidaríamos definitivamente. Llegó ese momento en el que lo extraño tanto y deseo tanto verlo, que no soporto la idea de verlo y que sus hermosos ojos me miren llenos de nada. No soporto la idea de una vez más todo se resuma en aquella frase que apuñala ... esa sobre los puentes. No soporto el hecho de que no me quede más remedio que seguir pensando que el amor es más fuerte … porque eso me ayuda a vivir. Duele sentirlo distante, que él ya esté convencido de eso que yo no puedo aceptar, duele sentir que no puedo decírselo, que no quiero sentirme como una tonta desnuda ante él. Duele mucho quererlo ahora. Habrá seguro para él una hermosa chica californiana, de esas rubias, de pronunciadas curvas y ojos claros, quiero que ella sea buena, que lo ame y se lo diga, que lo abrace, que aprecie lo invaluable de su sonrisa y su dulzura, que no lo deje, que no lo deje…. Habrá tal vez alguien para mí, ojalá tenga la confianza de tus ojos y su alegría…  

Le he escrito tantas veces, tantas cosas,  y no he podido decirle lo que quiero. … Soles en tus lunas, mi amor.

jueves, 18 de abril de 2013

Cuentos de una no-viajera: I wanna go with you



Había pasado una de las mejores noches de mi vida, nos besamos como quien cree que no habría  un mañana. Era de madrugada, no habíamos podido dormir, solo hablábamos y hablábamos de todo y de nada. Yo le conté que tenía 3 hijos y un marido en la cárcel, y él que tenía un ejército de 5 delfines dispuestos a dar la vida por él. Él no me creyó, yo tampoco le creí, solo nos reímos. Estar a su lado, abrazados, con el calor de las 4am era simplemente  maravilloso. Creí que resistiríamos, realmente creí. Pero ya el sol aparecía por la ventana que estaba sobre nuestras cabezas, era de día, el tiempo se terminaba para nosotros los vampiros. El barco se movía ahora por las lanchas que cruzaban rápidamente a su alrededor. Me preocupaba un poco que el arrullo del mar de hace unas horas se hubiese transformado en un agitado estremecimiento. That’s Ok, me decía él, muy cerquita a mi cara y acariciando mi mejilla. Nos besamos. Sus labios eran suaves y delgados, como dos hilos a punto de romperse.
Las dudas me habían atacado dos noches atrás, cuando, luego de 3 cervezas y una mala noticia me le abalancé a pedirle que me llevara con él. A dónde fuera, a su barco, a Panamá, a un parque, debajo de un puente, a cualquier lugar donde pudiera estar con él. I wanna go with you, le dije mirando su horrible collar de concha marina, ya que no había tomado tantas cervezas como para poder mirarlo a la cara. Ahí estábamos en la mitad de la calle, llena de gente un viernes la 1 de la madrugada y el suelta con sus ojos muy abiertos y sus muecas en la cara un: Im super tired, i wanna sleep .
-Yo también quiero dormir Anton! Dije con actitud indignada… No hay problema, nos vemos mañana. Lo besé en la mejilla y me fui.
No miré atrás. Solo caminé lo más rápido que pude, enmudecida por la vergüenza. El barman me gritó algo, que ignoré, clavé mis ojos en la mesa de la recepción, como una autista. Ciro se acercó a mí y me dijo – Qué haces ahí sola ven con nosotros. Y me señaló el patio del Hostel, dónde parecía haber una reunión animadísima en la que participaban, dos chicos claramente homosexuales y una chica inglesa.
Yo solo quería irme. Anton creía que me lo quería  comer, peor que eso, Antón no me quería comer. Aun peor que eso, yo no me quería comer a Antón, yo lo quería abrazar, yo quería acurrucarme en su cabina de Capitán y sentir en mi cintura las manos ásperas de quien ha armado y desarmado un motor tres veces en un mismo día.
No dormiría en el Hostal, así que esperé unos 15 minutos a que el barman cerrara el bar, sin clientes ya, para compartir el taxi. Por otro lado, seguía estando triste, las cervezas seguían su efecto y la mala noticia no la había olvidado. Reflexioné durante todo el camino como debía acostumbrarme al hecho de estar sola, a que los espíritus atormentados como el mío raras veces encuentran con quien compartir tristezas. Debía cambiar. Debo cambiar. No es chévere ni conveniente ser sincero siempre, ni tomar la iniciativa, ni ser expresivo, ni amoroso todo el tiempo. Dedo cambiar. No sé ser de otra manera, pero debo cambiar. Tonta, tonta, tonta. La escena de autocompasión siguió hasta que sonó el celular. Número desconocido a las 2am. Era Anton.
-Call me back to my cellphone.
Lo llamé.
-Toma un taxi, yo lo pago y te espero en el muelle.
-Ya voy en el taxi rumbo a casa Anton…
-Shit!! I’m so sorry, I’m so sorry ..
-Its Ok,
-Im so sorry, repetía una y otra vez
-Por qué, ¿por qué me pides disculpas?
-Por no haberte dicho que sí antes…
-Thats Ok Anton, see you tomorrow.

¿Qué significaba todo aquello? No sabía que pensar. Anton era una mar de indecisiones, como los demás. O simplemente un hombre que no me quería. Suele suceder que cuando no entiendes whats going on con alguien, es porque no hay nada que esperar del otro. Ya debía yo saber eso. Normalmente me escudo en la ilusión de que yo no soy normal y no me gustan los hombres normales y soltar el anterior y el siguiente discurso  Solo un pajaso mental para sentirme menos culpable:

Por qué no me gustan los hombres normales, por qué simplemente no me cuadro con un abogado, elegante, atractivo y costeño. Ah! Ya lo hice una vez y fue la misma mierda. Me tenía que gustar el capitán, un tipo que no sé de dónde salió, pero peor aun, que no sé hacia dónde va.
Un tipo que no quería compromisos, un hombre que ama más la libertad que a  la vida misma o a cualquier otro ser humano. Que tragedia.
 Le conté una noche, por qué creía que  todos los hombres son iguales, que me habían hecho daño de tantas formas que ya no sabía cómo defenderme. Que solo creía que debía estar prevenida, que debía desconfiar. Pero que me gusta sentir, que las emociones y sus demostraciones son mi vida.
-Es terrible enamorarse sola, le dije
To fall in love alone?
Y a él le pareció muy chistoso cuando le dije que eso era como cuando you have a movie on your head, and the other person doesn't…
 
Esos pensamientos daban vueltas en mi cabeza cuando los besos no parecían acabarse y la sensación de lo inevitable gobernaba nuestros cuerpos. Creí que resistiríamos. Debía detenerme, debía detenerlo. ¡Un momento!, de hecho no tenía que detenerme, no tenía que detenerlo. Estaba tan feliz, tan liviana.
-I want you
-¿Quieres qué?
-You, I want you … ¿tu me quieres?
- Yes
-¿sí?
-Yes.


Run run se fue pa’l norte
-Si todos los hombres son iguales, What about me?
-I dont know yet, Solo sé que me gustas. Y que eres un marinero.
Y aunque  transgredir con una traducción estúpida a Neruda debe ser delito, lo hice:
Amo el amor de los marineros
que besan y se van.
Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.
En cada puerto una mujer espera:
los marineros besan y se van.
Una noche se acuestan con la muerte
en el lecho del mar.

El capitán río en cada verso.
They leave a promisse, they never come back again, in every port a woman waits … Eso no es cierto …
Cuanto deseaba que no fuera cierto. Lo observaba mientras en la mañana, con la hermosa vista al muelle y al puerto de la ciudad él  cargaba el motor e inflaba el dinghy. Era delgado pero fuerte, y absolutamente sensual. Lo quería para mí, eso era un hecho. Cómo hacer para que un marinero se quede en tierra, como anclarlo… hacerlo perder su esencia no parecía ser el mejor plan.
Seguirle el juego, ser una mujer que espera tampoco. Debía acostúmbrame al hecho de que nunca sería mío, que tal vez lograría enamorarlo pero eventualmente se iría, porque el animal siempre tira para el monte, porque su vida es viajar y conocer nuevos horizonte y formas de amar…
Nos vemos en tres semanas…  un beso en la mejilla de despedida y  nada de dramas. Le pedí un beso real, él me dijo I gave you one already.
¿Por qué no me quisiste dar un beso?… yo solo quería despedirme adecuadamente, le reclamé por teléfono un par de horas después.
I dont know, solo atinaba a decir… Will see us in 3 weeks.
Al día siguiente revisaba mi historial de llamadas, resulta que hablamos 4 minutos. Cuatro minutos en los que yo le preguntaba por qué y el solo decía que no sabía… suena como mucho tiempo …
that sucks …
No nos vimos en tres semanas, pasó un mes, los barcos llegaban y él no, su motor de había dañado, estaba atascado en Panamá y yo.…ahora estoy escribiendo esto. Porque uno tiene que ver las cosas como si le pasaran a otro para entender mejor. Él no me quiso besar al despedirse, él se molestó conmigo porque no entendió mi chiste…  es como cuando tienes una película en la cabeza y el otro no.

domingo, 7 de abril de 2013

IMAGINARIO



La mañana amanecía gris, como de costumbre y por la ventana de su cuarto atravesaba una brisa impertinente que movía las hojas del libro que había dejado entre abierto la noche anterior: “me atormenta tu amor que no me sirve de puente, porque un puente no se sostiene de un solo lado…”  Quejas llegaban a su oído desde la ficción, el protagonista le hablaba  y lo miraba desde la soledad del que ama sin reparos. Alejandro no tenía tiempo para intentar comprender, así que mejor lo olvidó. Ahora miraba al cielo raso, con cara dubitativa, como tratando de imaginarse montado en la azotea del edifico más alto de la ciudad, con los brazos abiertos, como Rocky Balboa o como Rose en  Titanic. Sonrió por la idea de parecer mujer.
Decidió levantarse  y tomar el toro por los cuernos, mil hojas por un lado, ochocientas por el otro, alguien molestando en el teléfono y una luz que parpadea en el pc. Si, mejor tomar el toro por los cuernos, repetía mentalmente; o mejor no hacer nada, mejor quedarse mirando fijamente el cielo raso de la habitación, pensando ésta vez en los puentes sin final y en las tierras calientes donde una mujer cree que si deja de hablar muere. Pensar en el universo creado para él, por la ingenuidad manifiesta de aquella que no puede dejar de creer que él si cogerá el toro por los cuernos. La imaginaba bella, como solo ella podía serlo, fastidiada por el humo y por la desagradable sensación de saber que no se movía a motu propio y la llevaban unos hilos invisibles en la buseta mientras miraba por la ventana.
Seguro estaba de verla a ella en ese momento danzando en un mar de ritmos incomprensibles y efervescentes, en el marasmo de  su débil cuerpo bajo los tres soles inclementes de la salida de clases y con el verbo impertinente cosquilleando su lengua. Si se esforzaba un poco más, incluso podía imaginarla desnuda, feliz, susurrando una canción lenta a su oído, repitiendo sin parar los versos tristes que cambiaban de sentido cuando tenía su compañía, el fuego de su cuerpo delgado acostumbrado a la emoción, mientras en su boca temblaba la pregunta que le latía en su garganta desde que lo vio llegar ¿te quedarás ésta noche?  Pensando en la respuesta, el celular cesó de repicar, y la luz en el pc dejó de parpadear. Se sintió aliviado, había cumplido su cuota de humanidad ese  día.



lunes, 14 de enero de 2013

Un día ...

Un día decidí cortarme el pelo y  entonces fue la decisión más radical que había tomado en mi vida. Me veía al espejo y no perecía yo, ya los rizos no me acariciaban los hombros ni la espalda. Me sentía desnuda y un tanto desprotegida. El día anterior había tenido un fuerte dolor de cabeza, de esos que me daban con frecuencia, pensando en que iba a ser de mi vida, la salud, el trabajo, mi carrera, todo lo que venía por decidir y lo único que pude decidir era que tenía que cortarme el pelo porque era el primer paso para ser diferente.
Un día decidí cortarme un pulmón y entonces fue la decisión más radical que había tomado en mi vida. La tome con toda la esperanza y la fe del mundo, porque era el primer paso para ser diferente. Recuerdo que antes de cerrar los ojos eran las 5.30pm  en el reloj del quirófano, yo toda desnuda frente a 10 médicos como monstruos verdes y azules, escuchaba al anestesiólogo hacer bromas que implicaban whisky y enfermeras. Cerré los ojos. Lo siguiente que recuerdo es un dolor  y un peso extraño en mi lado derecho y el fastidio de tener un tubo atravesado en la garganta. Después de eso, una cicatriz como una gran sonrisa cruza debajo de mi seno derecho.  Cuando estoy desnuda la veo en detalle: medio clara medio oscura. Quienes la han visto me preguntan por su historia y entonces les cuento de ese día en que pensé que todo iba a cambiar.
Un día decidí hacer el amor con otro hombre, diferente a ti y entonces fue la decisión más radical que había tomado en mi vida. Te había visto antes feliz, agarrado de su mano y diciéndole cosas al oído a ella en la calle. Tu no me viste o tal vez sí. Y pensé ¿por qué no? Él otro juró que me amaba,  y le creí. Yo me entregué porque creí además que era el primer paso para ser diferente.
Un día decidí que iba a amarte para siempre y entonces es la decisión más radical que he tomado. Decidí que amaré nuestros silencios cómodos y tu respiración al otro lado del teléfono. Amaré tu terquedad y tu increíble capacidad de responder sin que nadie te haga preguntas, las conversaciones eternas sobre la importancia de leer a los rusos, sobre la simplicidad de la vida, sobre lo poco que hay más allá de tú, yo y unas cobijas. Amaré tus manos acariciando mi pelo y mi cintura, te amaré sobre mí, debajo de mí, a mi lado, tus poemas y tus canciones mal entonadas. Amaré nuestras noches, las ganas de que no amaneciera, tu mirada sincera, tu actitud que me decía siempre que todo estaría bien aunque estuviera todo muy mal. Amaré el recuerdo de los días más felices de mi vida, la alegría infinita de sentirme amada, la certidumbre de saber que al cerrar los ojos me estarías viendo.  Recordaré toda la vida aquél día que me pediste que por favor nunca te dejara y aquél otro en el que te pregunté si me amarías siempre…
Amaré tu amor, con la triste certeza de que ya no te sirvo, que  decidí cortarme el pelo, el pulmón y hacer el amor con otro y entonces algo muy pequeño cambió, que no fue radical, que no soy diferente, pero que por alguna extraña razón ahora no puedo parar de hacerte daño.
Ésta madrugada decidí enviarte esto, un texto que al igual que yo no sabe bien  lo que quiere, solo que desea ser leído así, como yo desearía estar a tu lado.
Te amo

jueves, 29 de noviembre de 2012

De cómo aprendí a ser costeña




Mi abuelita se llama Clara Yoly de Díaz, nació en 1936, no recuerda muy bien qué pasó con Gaitán en el 48, dice groserías, porque como dice mi mamá, ya a esa edad uno pierde la vergüenza y tiene un dicharacherío más extenso que el consignado en las greguerías de Gómez de la Serna.
Su casa, la casa de todos, es un caserón de 5 cuartos, que finaliza con un patio enorme que en mi infancia tenía arboles de mamón, roble, bonga, limón, bonche, además de sábila y un montón de plantas aromáticas y medicinales. En las tardes, mi abuela se sentaba en una silla de tablas viejas debajo del palo de limón, a rallar el coco o a hacer bolas de tamarindo con azúcar, o simplemente, en sus palabras a “coger fresco pa’ vendé salao”. Me cargaba entonces en sus piernas y me besaba en el cachete, recuerdo su sonrisa siempre sin dientes, casi infantil cuando me tarareaba una canción a la que nunca le puso letra, pero que parecía ser una cumbia. 
Mi abuela era bruja, y lo sigue siendo, cuando llovía invocaba a los santos, nos obligaba a rezar el rosario y la oración de la virgen del Carmen para alejar la tempestad, tapaba los espejos para que no entraran los malos espíritus, recorría la casa con un ramo bendecido en domingo santo, que pasaba por el fuego y luego lo sacudía en cada esquina diciendo “ que salga el mal y que entre el bien como entró Cristo a Jerusalén” y me regañaba si me movía cuando tronaba y relampagueba, había que respetar, decía ella “porque esa es la ira de dios”.  Tenía un poder de percepción inigualable, me decía “Tama deja de correr en el patio que te vas a caer y vas a llorar”, y eso justo era lo que pasaba. Me caía, lloraba y ella para consolarme acudía a mí con la cosa más dulce que encontrara en su cocina, que podía ser un platanito o un pedazo de panela.
Mi abuelito nació en 1927, ya no coordina bien las ideas, a veces no me reconoce, y tengo que ayudarlo a firmar su nombre. Cada vez que le guio la mano con el lapicero sobre el papel le recuerdo que él fue quién me enseñó a leer y a escribir, el mejor regalo que me han dado jamás. Cuando era niña, veíamos la novela del medio día, boxeo, baseball, futbol y el reinado, yo sentada en sus piernas siempre flacas y él explicándome con paciencia que era un cuarto bate o foul ball, y juguetón me tapaba los ojos cuando en la novela los protagonistas “chupaban piña”. Mi abuelo viajó durante 30 años en el Buque Gloria, de eso le quedó una pensión, fotos y un millón de historias que hoy me entristece no recordar. Vivió en el mar, pero no lo ama y no nos inculcó amor hacia él. Nunca los ví bailar, pero en casa el 11 de noviembre no faltaba el popular pie pelúo sonando. Nunca ha faltado el arroz de coco , el jugo hecho con las guayabas robadas al vecino, la lámpara de gas, las flores de bonche, la Virgen del Carmen y un comentario recurrente sobre el clima ”uff carajo, éste mundo se va a acabá es el bolas e’ candela”.
Así era,  a los 12 años cuando leí Cien Años de Soledad, me di cuenta que había vivido todo éste tiempo en Macondo, que el corredor de las Begonias estaba frente a la cocina abrazadora de mi abuela, dónde se cocinaban el coco y la panela para hacer las cocadas y ella reía a carcajadas mientras le ponía apodos a la gente.
                                                                                              ***
Ella se mueve menudita con su camisón de flores, en 22 años solo la he visto comer un par de veces (es bruja) y jamás me ha dejado ir de su casa con las manos vacías. Se queja porque el vecino cachaco no la saluda  cuatro veces al día, (como debe ser), porque no le manda dulce en semana santa, porque se duerme para no dar el feliz año, por que no deja salir a sus hijos, porque pone las velitas de día, , su mujer es pálida y sin sabor, porque está maquillada desde que se levanta, porque habla bajito, no sabe bailar, se expresa como un “jesuita” (hipócrita) y su tono al hablar es “como de mujé pendeja”, retahíla que podía terminar con un contundente “cachaco paloma y gato…” o por el contrario con un “él es cachaco, pero es buena gente”
Se enteró de un novio cachaco que tuve y no hizo más que advertirme sobre el peligro que traería: “ufj carajo esos cachacos que no saben ni bailá”. Nunca lo conoció, y de haberlo hecho, lo hubiese odiado por que era el cúmulo de toda la retahíla mencionada anteriormente, no sabía bailar, no entendía mis chistes y mi mamadera de gallo y solo parecía absorto ante la grandilocuencia con la que yo contaba cualquier hecho cotidiano, con mis figuras retóricas, mis personajes de fantasía, groserías y onomatopeyas, así como lo hacía mi abuela en la cocina de la casa. Para él yo era una suerte de cuentera curiosa. Mientras yo quería salir y moverme él quería “cucharita”, cosa que no es muy cómoda a casi 40 grados. Y así fue, la temperatura nos dividió.

La casa de la abuela sigue siendo de todos, sigue teniendo esa magia loca que solo ella puede ponerle, los arboles los cortó porque atraían a los rayos, el resto, es felizmente igual. Tengo mucho de ella, tengo la terquedad, tengo el tono alto, tengo el orgullo  pero nada de sazón y me pregunto las mismas cosas sobre los cachacos. He procurado, como la mujer curiosa que soy, hacer el ejercicio de intentar conocer mis orígenes y reafirmar mi identidad, si bien no sé hacer arroz con coco, he tratado de saber su por qué, y así dilucidar porque es tan importante para mi abuela y porque es tan importante para mí. Por qué me gusta el vallenato, por qué cuando hablo quiero superar la velocidad del sonido, por qué soy graciosa sino me esfuerzo por serlo, por qué sonrío siempre, o por qué bailo cualquier cosa y no me importa hacerlo mal.
Ríos de tinta regada sobre el tema aunque no la suficiente,  mirar en retrospectiva, pensar en mi abuela y entonces asumir y reconocer mi legitimidad como mujer negra y caribe. ¿Por qué yo tengo eso que  mi ex novio o el vecino de mi abuela no tenían?, no sabría decir qué, no sabría decir dónde agrégaselo o dónde quitárselo. No es un sombrero vueltiao, una guayabera, no es una parranda o un acento golpeado al hablar, sin ese aditamento anda la mayoría de nosotros y no dejamos ser costeños por eso. El “it” que dicen los gringos…No lo sé. Me hace feliz tenerlo, eso sí lo sé.
Tengo amigos cachacos a los que quiero mucho, unos saben bailar otros no, solo saludan una vez, (como debe ser) hablan despacio y bajito, no comen dulce en semana santa y su hablar es sincero  por que ante todo tienen un gran corazón. También suelen reírse cuando cuento cualquier historia a mi manera, exagerada y con sonido incluido, pero para ellos no soy una cuentera, soy una amiga. Y para mí ellos no son un animal ingrato, son mis amigos. Mi abuelita debería conocerlos, ellos deberían sentarse en una  mecedora junto a  ella una tarde de diciembre, en el patio, bajo la sombra del palo de guayabas a echarle cuentos sobre Bogotá, mientras ella ralla el coco o despepita el corozo y se prepara para contarles  luego, su travesía de la casa a la tienda, todos con los que habló y todos a los que saludó, así de simple. Aunque aprenda a hacer cocadas, nunca seré una matrona costeña como mi abuela, solo disfrutaré irremediablemente la alegría y la suerte de haber nacido en el caribe, eso me toca.


Tamar Galarcio Díaz

sábado, 31 de julio de 2010

DE NUEVO AL RUEDO


Hoy descubrí que después de todo, a Tana no le pasan cosas tan malas (especial atención a mi referencia en tercera persona), ella ha decidido de un momento a otro, encenderse de amor y compartir con ustedes también las silvestres cosas que le pasan a cualquiera y que son las únicas en las que ella cree, una noche de rumba y amigos, de tragos y de baile, d conversación con extraños y de profunda alegría, espero que se note la emoción que ella sentía wiiiiii!!!!!

El mágico y catártico momento en que todos levantaron sus cuerpos y sacudieron sus pies al ritmo de los timbales y las trompetas. Una eclosión de sudor, alegría, desparpajo. El éxtasis Caribe del sentimiento de tener a dios en el cuerpo. Sin disimulo los bailarines decían que era un verano en Nueva York, sabiendo que pudo ser en cualquier lugar, era un verano global, porque es el mismo son, un solo leguaje, una sola tierra sostenía a los bailarines que cargaban en sus pies, el peso de años de historias, tejidos al ritmo de guarachas, guaguancós y sones.

Sus sonrisas sin timidez, el amigo que está en cada mesa, el whisky, la cerveza que va y viene de mano en mano y de boca en boca, el ritual del encuentro de tres hombres, tres mujeres o de tres parejas, no alrededor de una botella sino alrededor del mismo encuentro, de la gloria infinita de ser libres en un mundo paralelo, hacen rodar en el ambiente ese perfume imperceptible de mística y divinidad.

La inesperada sensación de la teletransportación, el viaje silencioso de tu cuerpo hacia donde pertenece, Madre África te llama. Sus tambores se escuchan sordos y secos, llevando el control y el compás del ritmo en cualquier canción y después de tu humanidad. Enviados de la madre, músicos invisibles, transmisores del sentir, se sientan al lado de cada asistente, le hablan al oído y le cuentan historias de hace siglos, algunas son tristes, pero todas los hacen reír, todas los hacen bailar. Los bailarines obedecen, unos rápido, otros sensuales, unos solos, otros en pareja…

En medio de ese control delicado, de esa atadura de terciopelo, donde cada bailarín se mueve como quiere, está en dios elegido de cada noche, el dios música; porque está el otro, sentado en el trono de roble, en una esquina, en la actitud del centinela que está dispuesto a dejar cruzar a todos. Recostado, casi inmóvil, observa con mirada de ciego, a ese pedazo, yo no sé si de paraíso o de infierno, porque debe haber algo de pecado en tanta felicidad. Él, a cuya diestra solo están unos cuantos, el vigilante del ritmo, el bailarín exquisito, el dueño que aquel universo estrafalario, que abrió las puertas a que mortales se regocijaran en su gracia.

La magia de esa noche era intimidante, preferiría decir indescriptible, pero creo que sentí la el temor y la disimulada complacencia de todo pesimista, sentir que el mundo todavía puede sorprenderte gratamente. Que hay territorios inescrutados, vírgenes de la violencia y profundamente románticos. Hombres caballeros y damas sin debilidades, cuya decisión fue detener el tiempo y dejar correr por su cuerpo sin reparos, la casi indecente energía que produce el moverte con voces de desconocidos y ser siempre joven. De sentirse bello y vivo, vistiendo a tu gusto, diciendo lo que quieres, una noche a la vez, no más que eso.

Salir de allí, no fue romper con el encanto, sino entrar en el y en el juego de parecerse a ellos, quienes en ese lugar no parecen humanos, no pelean, no se maltratan, son iguales… Caer en la duda, de sí es solo la música, porque debe ser algo más!! No hay látigos, no hay órdenes, el centinela sonríe y los hombres y mujeres bailan. No hay más, un misterio, una incógnita, un sentimiento, que se mueve entre lo humano y lo divino, lo de aquí, lo de allá y lo del más allá.


lunes, 27 de abril de 2009

LO NUEVO...


Cierto, a veces soy un poco anticuada: no entiendo el dance hall y el helado de ron con pasas me paraece una aberración,sueño con una familia y una casa grande (sin perro, porque no me gustan los animales) y la paz del mundo... Que puedo hacer?...

Vivo rodeada de un grupo extraño de personas: luchan por sobresalir, buscan la excelencia,no ven RCN y hablan como locos. Nada que me moleste en principio, los problemas llegan, cuando prefiero el vallenato... Quisiera ser más clara;de un momento a otro la vida para mi a perdido su magia, los sonidos se hacen electronicos y las sopas express, nada me sorprende y lo nuevo no es mejor que lo viejo. El afán por el snob me aterra un tanto, tiene un poco que ver con ser moderno y ser intelectual en cuanto tiene que ver con ser distinto(y aunque se me hizo complicado llegué al punto). Puedo afirmar que pasamos el 99% de nuestra vida tratando de ubicarnos en un espacio, en un rinconcito del mundo donde ser aceptados para luego solo tratar de ser diferentes en el. Humanos al fin, a los que nos falta una costilla y nos sobra una apendice, los que sacralizamos fechas y alegamos vida trascendental llena de blues, electro jazz, Bethoven y todas esas cosa que se escuchan raras e importantes. Lo confiezo, mi lucha es por la sencillez y la sinceridad del hombre, este blog no tiene mas secretos(si es que alguna vez los tuvo)...

Recuerdo haber leido Cepeda Samudio ue decía, que no había nada más fantastico que el hombre viviendo su vida cotidiana, Amén para él. En hallar lo raro en lo cotidiano, en lo aparentemente común , esta la alegría de la vida, en la felicidad con minusculas, las bobadas espontáneas y el desespero de los sabados... Un tanto nostalgica yo.... Es solo que así como protesto contra los intelectualoides baratos, protesto contral los snobs, aquellos con ese afan de protagonismo que me patea, que menosprecian la cultura popular, el barrio y los vales de las esquinas. Alguna vez un amigo me pregunto que si yo pretendía bailar vallenato toda la vida, yo dije que si, que si se puede acompañlar una carimañola con una copa de vino (como dice el profe Ricardo), podré llevar la vida alterna en la que no renuncie a la bacaneria del estrato 1 y la distinción del parche de la u y de comprar en Tennis, así de simple...

Al fin lo he dicho, ufff que alivio, me desahogué....

TODOS SOMOS BUENOS


De Juanes, me gusta Ekhimosis, lo descubí hace algunos años y fue revelador conocer al tipo acuerpado, de larga melena y de aspecto atarzanado. En la Ekhimosis que he alcanzado a conocer, Juan Esteban Aristizabal, narraba como imaginaba la ciudad pácifico, con el rock de sueños que pedía paz y amor y que se excluyó de las emisoras al finalizar los 90´s.

Había que volver, con un sonido más global, que sonara a Colombia y a la vez alguna instancia mas lejana ... algo más comercial.

Vinieron las minas, los secuestros y la guerra televisada. En vivo y en directo o cada 6 horas la lluvia de de malas noticias caía sobre nuestros televisores y el conflicto se convirtió en un espectaculo mediatico, donde unos cuantos avivatos sacaban partido.

Fijate bien donde pisas... sonaba, los corazones latían al ritmo de la solidaridad, las cajas registradoras se movían y ya era Juanes. Había que volver, Juanes Shakira, Carlos Vives ... por que nunca es mucho y es mejor ser rico que pobre...

De un momento para otro, todos somos buenos, los cantantes (que mi abuelita llama inmorales)lideran campañas, donde paz es su palabra favorita y desinteres su bandera de lucha.

Yo dudo... Juanes me hace dudar... la buena fe de los artistas no es algo en lo que crea, ser artista por pasión suena bonito pero paga poco. Decir que es tiempo de cambiar y esas cosa que todo el mundo sabe es sencillo pero un poco increible si apoyas la reeleccion Uribista... Llenar un concierto en la frontera, transmitido en vivo y en directo es la mejor publicidad posible en un país nacionalista a ratos y un mundo que solo hasta ahora se da cuenta de que se está acabando.

Juro que hago un esfuerzo y no puedo, es demasiada camisa negra y gotas de agua dulce para creer que el boom mediatico no supera al altruismo...

Bien, todos debemos hacer algo, cada quien a su manera, claro esta, que nada mejor si se puede obtener algo a cambio ¿no?... así que les digo algo, (sin intenci{on de cuña) mi blog y yo no aportamos mucho, pero lo que hacemos, (si es que hacemos algo) lo hacemos de corazón y con desinteres ja ja ja

domingo, 15 de marzo de 2009

EL INTELECTUALOIDE BARATO




He sido una ávida lectora, pero me cuesta un tanto hablar de ello, no suelo dar recomendaciones literarias ni patrocino fanatismos, creo en las conexiones, que son para mi la esencia de las letras. Lo realmente sustancial de la literatura está en lo que el libro te dice a ti y no a más nadie.


Por eso así como hay quienes se conectan con Allan Poe o con García Marquez, hay quienes se conectan con Paulo Cohello, con la biblia o con la revista Cosmopolitan.. y en todos los casos es igualmente valido (entre gustos no hay disgustos... como el que come tierra... ¿no?).


A veces me rio cuando veo a cualquiera leyendo en un lugar publico, en un parque o en una buseta, me pregunto que tan sincero es, si es realmente posible tal abstracción en medio de la realidad... tan sonora... siempre pienso que es una gran actuación, para mí para los demás que se fijan , pero sobre todo para él mismo. El y yo lo sabemos, el libro, peor que una AK-47, absolutamente poderoso...

Puedo entender de primera mano cuan útil es la lectura para el espíritu y cuan incomodo puede ser aveces para el resto.

En un mundo donde la imagen es cada vez mas importante , la mirada en lontananza, las gafas y el libro en mano es la fuerte representación de los intocables. El "parecer" es muy efectivo, he visto hombre vacíos con bolsos llenos de libros, mujeres de bellos discursos repletos de nada, charlatanes viviendo mundos ilusorios y me di cuenta de que lo que funcionaba en todos los casos era el estar convencido y con eso convencer a los demás.

Me río luego cuando me veo a mi misma envuelta en profundas discusiones pro artísticas, es tan .. inadecuado, la literatura es tan personal e intima que hacerlo es casi insultante.... De repente el intelectualiode barato que llevanos dentro sale a relucir (espero que alguien se atreva a negarlo), citas, hablas y rebuscas... Odio eso!!! Aun mas que el no poder evitarlo...

Pero entonces me veo sentada en esa conferencia, con aspecto de "no me lo puedo creer", en silencio, esperando que un hombre de actitud despectiva se siente a hablar de libros (nada más aburrido que eso!!!). El hombre de 50 años, que escribe desde los 10, publica desde lo 15, con 3 maestrías y 20 libros en su haber,y así, con sus gafas, libro en mano y su mirada en lontananza; habla de algo así como los libros que hay que leer antes de morir, de Proust, de Joyce, de VIctor Hugo, de todo eso que no se si es actuación o broma...

Toda la disertación parecía tratar de un mundo alterno, como de otra dimensión donde las bibliotecas estaban atestadas y los pleonasmos son delitos. Allá muy arriba... o tal vez muy abajo, donde al final de cuentas a nadie le importa. Entonces salgo agobiada por la presión de la realidad...

El conocimiento no esta ahí... La historia no la hacen los grandes hombres... Crecí con la idea de que el conocimiento no está solo en leer un autor de nombre ilegible sino también en la letra de las champetas.

La literatura esta ahí y va a estar ahí siempre, pero siempre inutil en el sentido material, duelale quien le duela.

Es linda por que abstrae, engaña y apasiona,pero es un espejismo para aquellos desafortunados que no vivimos de ella...

Es raro lo que se puede escribir, luego de hablar por tres horas con el estomago vacío con el charlatan mas grande del mundo... Esto, para él y para todos los que piensan equivocadamente que tener gafas los hace interesantes.


PSS.. Hey, no creo que haya libros que debas leer antes de morir, solo no mueras sin leer alguno... el que sea... si en algo creo es en eso...